Mientras en Francia un expresidente llamado Sarkozy se enfrenta a una condena por financiación ilegal con aroma a desierto libio y maletines de camello, en España nuestro inquilino de la Moncloa ha decidido repetir jugada. ¿El motivo? Pues no la economía, ni la justicia social, ni siquiera el bienestar de los ciudadanos.
No, no. Sánchez ha dicho que se presenta a la reelección porque su familia, sus acólitos y la militancia se lo han pedido encarecidamente. Es decir, el país reducido a sobremesa familiar, peña de aduladores y comité de palmeros.
El problema es que esa «familia extendida» no coincide con la mayoría de los españoles, pero claro, ¿qué más da? Para un narcisista, la patria es el espejo del baño de Moncloa. Y en su reflejo, cada gesto es heroico, cada palabra es histórica y cada guiño, una estrategia magistral.
“Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir”, ha sentenciado con solemnidad. Lo malo es que nadie se ha parado a preguntar hacia dónde apunta esa flecha, ¿al futuro de España o al ego del arquero? A juzgar por los últimos cinco años, la trayectoria balística es clara, directo al corazón de la vanidad.
La demencia política, al parecer, no tiene límites. En Francia los expresidentes se sientan en el banquillo; en España, los candidatos con ínfulas eternas se sientan en el diván, convencidos de que su misión mesiánica es salvarnos de nosotros mismos… aunque tengamos la ligera sospecha de que la salvación, en su diccionario, rima con reelección.
En definitiva, Sarkozy paga sus excesos con Libia y Sánchez convierte la Moncloa en su castillo de espejos. Francia tiene juicios, nosotros tenemos mitomanía con pretensiones olímpicas. Y mientras tanto, los españoles seguimos de espectadores obligados, viendo cómo la flecha de Narciso se pierde en el horizonte… siempre hacia el mismo blanco: él mismo.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 26/09/2025

Etiquetado en:

,