Hay quien dice que la indecencia política es como la humedad: empieza en una esquina, silenciosa, casi tímida, y cuando te quieres dar cuenta ya tienes el salón lleno de moho y al diputado dando ruedas de prensa desde tu sofá. Pero no exageremos: la indecencia política es mucho más sofisticada.
Tiene métodos, técnicas, un póquer face envidiable y, sobre todo, una habilidad sobrehumana para culpar a otros de lo que ellos mismos acaban de firmar ante notario.
La indecencia política, esa vieja amiga que aparece cada cuatro años, o antes si la Fiscalía se pone creativa, tiene tres pilares fundamentales:
El arte de la cara de póker que
consiste en negar lo evidente con la serenidad de quien ha estudiado teatro en el Conservatorio. Da igual que haya grabaciones, facturas, transferencias, contratos amañados o un testigo diciendo “sí, fui yo quien le llevó la maleta”.
El político indecente siempre responde con un clásico:
“Me sorprende profundamente”.
Y todos sabemos que, si algo sorprende profundamente a un político, es que lo pillen.
La capacidad casi religiosa de invertir el relato. Para el político indecente, toda acusación es una persecución ideológica, todo juez es sospechoso y todo periodista que pregunta es un ultra radical al servicio de una conspiración internacional para destruir a un servidor público que solo quiere “trabajar por la gente”.
Lo curioso es que esa gente siempre es la misma: amigos, primos, socios y proveedores exclusivos que sufren terriblemente cuando no hay contratos.
Y por último la habilidad para prometer regeneración… sin regenerar nada. Cada vez que estalla un escándalo, aparece el comité de turno a prometer un plan anticorrupción que consiste básicamente en:
Cambiar el titular y poner cara de funeral, esperando que al ciudadano se le pase, como quien se cura un resfriado.
Eso sí, cuando todo queda “aclarado”, nadie sabe quién firmó, quién cobró ni quién autorizó. Pero todos coinciden en algo: la culpa es del rival político, que tiene la mala costumbre de existir y, peor aún, de leer la prensa.
Concluiré diciendo que
la indecencia política no desaparece porque no quiere, porque le va bien, porque da rédito, y porque sabe que mientras haya ciudadanos resignados, la mentira es rentable y el descaro no pasa de moda.
Pero como diría ese sabio anónimo que todos imaginamos viviendo en un pueblo pequeño y sabiendo más que un think tank entero:
“Indecencia es que te mientan a la cara… y encima quieran que les des las gracias”.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 25/11/2025

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