Hubo un tiempo en el que la mano negra era una sociedad secreta que conspiraba desde las sombras. Hoy no hace falta tanto misterio. La mano negra tiene gabinete de prensa, viaja en Falcon y comparece ante las cámaras para explicarnos que la culpa siempre es de otro.
España arde cada verano con la puntualidad británica que no tienen nuestros trenes. Arden nuestros montes, nuestros campos y, de paso, nuestra paciencia. Lo extraordinario es que, después de tantos años, nadie parece preguntarse por qué sucede siempre lo mismo y las soluciones siguen siendo las mismas promesas envueltas en papel reciclado.
Dicen que la culpa es del cambio climático. Y seguramente tenga mucho que ver. Lo curioso es que el cambio climático ha terminado convirtiéndose en el comodín perfecto. Si hace calor, es el cambio climático. Si hace frío, también.
Si llueve demasiado, es el cambio climático. Si no llueve, por supuesto, también lo es. Al final va a resultar que el pobre cambio climático es más trabajador que todos nuestros gobernantes juntos.
Pedro Sánchez ya nos propone un gran pacto de Estado para luchar contra semejante enemigo. No sé ustedes, pero cada vez que escucho las palabras «gran pacto de Estado», comienzo a mirar la cartera y a preguntarme cuánto nos va a costar la ocurrencia. En este país somos especialistas en crear observatorios, comisiones, consejos asesores y mesas de diálogo. Lo único que no solemos crear son soluciones.
Los especialistas llevan años hablando de limpiar nuestros montes, abrir cortafuegos, recuperar labores tradicionales de desbroce y gestionar adecuadamente nuestros bosques. Son propuestas tan poco sofisticadas que no permiten organizar grandes cumbres internacionales ni hacerse fotografías rodeado de banderas. Debe ser por eso que resultan tan poco atractivas.
Es más elegante subirse al Falcon para acudir a una conferencia sobre sostenibilidad que recorrer cincuenta kilómetros contemplando el abandono de nuestros montes. Produce más titulares una declaración grandilocuente que una brigada forestal bien equipada.
Pedro Sánchez posee un talento extraordinario: es capaz de aparecer como bombero de los incendios políticos que él mismo ha contribuido a provocar.
Primero crea el problema, después anuncia la solución y finalmente promete que la solución llegará mañana. Ese mañana, por supuesto, siempre tiene la mala costumbre de no presentarse jamás.
Mientras tanto, los españoles contemplamos atónitos cómo se suceden las tragedias con la misma cadencia que las promesas electorales. Y cuando las llamas se apagan, también se apagan los titulares, las lágrimas institucionales y las urgencias gubernamentales. Hasta el próximo verano.
Quizá la verdadera mano negra no sea la que prende la cerilla. Tal vez sea la que firma durante años la desidia administrativa, la que confunde propaganda con gestión y la que pretende convencernos de que las soluciones sencillas son demasiado simples para merecer atención.
Decía Séneca que «si de verdad quieres escapar de las cosas que te acosan, lo que necesitas no es estar en un lugar diferente, sino ser una persona diferente». Probablemente los gobiernos también deberían aplicarse la lección. Porque no basta con cambiar el discurso cada verano; hay que cambiar las políticas que permiten que las desgracias se repitan.
Y es que las llamas no entienden de ideologías. Consumen por igual los árboles, las promesas y las excusas.
Aunque, siendo sinceros, estas últimas parecen ser las únicas verdaderamente ignífugas.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 27/07/2026

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