Cuando uno pensaba que la política española ya había agotado el catálogo completo de sobresaltos, aparece un nuevo capítulo digno de serie de prime time. Si alguien dudaba del talento creativo patrio, que encienda la televisión institucional, porque tenemos guionistas que harían palidecer a Netflix.
La Audiencia Nacional, temporada nueva.
La cosa se complica para Pedro Sánchez en la Audiencia Nacional. El juez Ismael Moreno ha decidido que el secreto de la investigación se amplía. Que aquí no se abre el telón hasta que haya suspense suficiente.
La palabra clave es “inconsistencias”. Esa expresión tan elegante que en política significa que aquí algo no cuadra, pero vamos a ver cuánto tarda en cuadrar por arte de magia.
Pagos en metálico. Fajos. Ferraz. Vídeos. Declaraciones cruzadas. Un elenco que incluye chóferes, empresarios y nombres internacionales que parecen sacados de una novela de espionaje. Y mientras tanto, el ciudadano medio intenta recordar si el último pago en efectivo que hizo fue el del pan.
La varita mágica del ilusionismo político.
Lo fascinante no es la investigación en sí. Lo fascinante es el espectáculo posterior. Porque nuestro presidente ha demostrado ser un auténtico maestro del escapismo institucional.
Cuando llegó al poder lo hizo bajo la premisa de acabar con las prácticas que tanto criticó. Y ahora el problema no es si hay o no irregularidades, eso lo dirán los tribunales, sino la ironía cósmica de la escena.
Es como si alguien hubiera prometido cerrar el circo… y ahora estuviera ensayando malabares en el centro de la pista.
Cada crisis en España tiene su manual de supervivencia:
Negación elegante.
Contraataque moral.
Cambio de foco internacional.
Nueva iniciativa social para distraer.
Y así, mientras el juez pide más diligencias, registros o declaraciones, el Gobierno anuncia una medida climática, una cumbre tecnológica o una gira diplomática. Porque nada tapa mejor un ruido interno que un viaje transcontinental.
Vídeos, fajos y memoria selectiva.
La política española ha evolucionado mucho. Antes bastaban papeles. Ahora tenemos vídeos, audios y memorias USB que aparecen como setas tras la lluvia.
El problema de la era digital no es que todo se grabe. Es que todo queda.
Y aquí es donde entra en escena la frase atribuida a Albert Einstein:
“No podemos resolver un problema utilizando el mismo razonamiento que lo creó.”
Aunque en versión patria podría adaptarse a:
“No podemos combatir la corrupción con el mismo manual que la diseñó.”
Pero claro, eso exigiría un cambio de paradigma. Y cambiar el paradigma implica renunciar al poder… algo que en política es más difícil que ver dimitir voluntariamente a alguien sin que medie un escándalo previo.
La que se avecina.
La cuestión no es solo jurídica. Es simbólica. Si la investigación escala, si aparecen nuevas diligencias, si los vídeos confirman lo que algunos denuncian, el relato moral con el que se construyó la llegada al poder podría resquebrajarse.
Y ahí es donde el espectáculo se vuelve realmente interesante.
Porque en España no solo se juzgan hechos. Se juzgan narrativas.
Y si algo domina nuestro presidente es la narrativa.
Porque si el poder cambia de manos pero no de lógica, entonces no hay revolución, hay simple rotación.
Salva Cerezo