La historia insiste en repetirse, pero nosotros, modernos y tecnológicos, seguimos empeñados en no aprender nada. Cambian los escenarios, cambian las modas y cambian los DJ, pero el patrón es el mismo: multitudes, recintos cerrados, permisos laxos, avaricia, y una peligrosa confianza en que “esta vez no pasará nada”. Hasta que pasa.
El reciente incendio en una estación de esquí suiza no es un accidente aislado. Es otro capítulo más, perfectamente encajable en El espejismo del poder, de esa novela humana donde el ocio se convierte en negocio, el negocio en temeridad y la temeridad en tragedia. Brasil, India, Murcia… geografías distintas, irresponsabilidad idéntica con cientos de fallecidos.
Lugares cerrados, aforos sobrepasados, salidas de emergencia de adorno y autoridades mirando hacia otro lado hasta que suena la sirena. Entonces llegan los lamentos, los minutos de silencio y la frase comodín de “se investigarán las causas”. Como si las causas fueran un misterio insondable y no una lista repetida hasta el aburrimiento.
Pero no todo arde bajo techo. También existe la versión al aire libre del despropósito, las concentraciones ilegales que se venden como libertad, rebeldía o cultura alternativa, pero que en realidad son macroeventos sin ley ni factura. Hellín, Pantano del Cenajo con amenaza de lluvias torrenciales, miles de personas, alcohol, drogas, coches mal aparcados y la naturaleza convertida en discoteca. Tarragona con miles de jóvenes llegados de media Europa porque, al parecer, España se ha consolidado como el parque temático de la permisividad. Aquí se viene a disfrutar… y a probar hasta dónde llega la paciencia del Estado.
La paradoja es deliciosa, para combatir eventos “ilegales” se movilizan más de mil guardias civiles. Mil. Recursos humanos que dejan de vigilar barrios, carreteras o zonas rurales para custodiar fiestas que, oficialmente, no deberían existir. El sistema persiguiendo con una mano lo que tolera con la otra. Kafka con chaleco reflectante.
Y todo ello moviendo millones de euros que no tributan, no cotizan y no aparecen en ninguna estadística oficial. Dinero negro envuelto en luces de neón y consignas antisistema. Una forma muy curiosa de protestar contra las instituciones, al utilizarlas cuando interesa, despreciarlas cuando estorban y exigir rescate inmediato cuando algo sale mal. Porque, llegado el momento, siempre hay que llamar a papá Estado para que apague el fuego, literal o metafórico.
La juventud, o al menos una parte de ella, no se rebela contra el sistema, sino que lo explota. No quiere cambiar las reglas, solo saltárselas mientras dure la música. Es la rebelión del ocio, hedonista, ruidosa y profundamente inconsciente del riesgo. No hay ideología, hay logística. No hay manifiestos, hay barras libres. No hay revolución, hay after.
Lo verdaderamente inquietante no es que esto ocurra, sino que ya no sorprenda. Hemos normalizado jugar con fuego —a veces de forma literal— en nombre de la diversión. Hemos convertido la seguridad en un estorbo burocrático y la prevención en una exageración de viejos. Hasta que el humo vuelve a recordarnos que la física, el fuego y el pánico no entienden de hashtags.
La historia está ahí, gritando desde las cenizas. El problema no es que la ignoremos. Es que, aun conociéndola, seguimos bailando alrededor de la hoguera convencidos de que esta vez no nos tocará a nosotros.
Y como siempre, cuando la música pare, alguien preguntará: ¿cómo ha podido pasar? No quiero pensar que esto forme parte de captación del voto joven a cambio de permisividad.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 04/01/2026

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