«Cuando las raíces son profundas, el árbol no tiene por qué temer al viento.»
Proverbio
Hay un refrán muy castizo que dice que en todas partes cuecen habas. Lo curioso es que, en algunos sitios, además de cocerlas, parece que las envasan al vacío, les ponen etiqueta oficial y las reparten entre familiares, amigos y conocidos. Eso sí que es llevar «lo mejor de cada casa» a la administración pública.
La actualidad política vuelve a regalarnos otro capítulo de esa interminable serie titulada «Aquí no pasa nada… hasta que pasa». Cuando uno cree haber conocido a todos los protagonistas, aparece un nuevo personaje dispuesto a ampliar el reparto. Parece que las oposiciones más difíciles no son las de funcionario, sino las de mantener el cargo sin que aparezca alguna investigación, una sospecha o un titular incómodo.
La SEPI se ha convertido estos días en otro escenario donde las preguntas se multiplican más deprisa que las respuestas. Y mientras tanto, la lista de nombres que acaban bajo el foco mediático sigue creciendo con una constancia digna de un reloj suizo. No sabemos si es casualidad, mala suerte o una versión política del dominó: cae una ficha y empiezan a tambalearse las demás.
Por si el guion necesitaba emoción, ahí está Barrabés, cuyo nombre vuelve a ocupar espacio en los titulares. Ya se sabe que, cuando alguien empieza a tirar de una manta, nunca se sabe si debajo hay polvo… o un edredón entero. El problema no es quién tira, sino quién empieza a notar el frío.
Y qué decir de Gertrudis, la secretaria que compareció en el Senado practicando una disciplina casi monástica. Ni una palabra. Ni un gesto. Ni un pestañeo que delatara emoción alguna. Hubiera hecho las delicias de los maestros del cine mudo. Si el silencio cotizara en bolsa, habría cerrado la sesión con máximos históricos.
Mientras tanto, en ese universo paralelo donde vivimos los ciudadanos, llega el verano y desaparecen algunas ayudas, como la rebaja del IVA de los carburantes. Debe de ser que el calor hace evaporarse también los descuentos. Así que llenar el depósito empieza a parecer una experiencia de lujo, casi comparable a reservar una hamaca en primera línea de playa.
Y ahí reside la verdadera magia de nuestra política: mientras el escenario principal está ocupado por comparecencias, investigaciones, silencios estratégicos y declaraciones cuidadosamente ensayadas, el espectador paga la entrada cada vez que pasa por la gasolinera.
Al final, el viejo refrán vuelve a demostrar su sabiduría. Lo mejor de cada casa acaba reuniéndose donde menos se espera. Lo preocupante es que la casa la pagamos entre todos, el mantenimiento también, y cuando aparecen las goteras siempre nos explican que la culpa es de la lluvia.
Aunque, visto lo visto, quizá no sea el viento lo que deba preocupar a los árboles. Lo verdaderamente inquietante es descubrir quién estuvo cuidando las raíces.