En tiempos de escritores compulsivos y lectores inteligentes, a alguno se le escapa a veces un eructo mental, un sentimiento de odio contra un muerto que no está vivo, un contradios de un ateo, un relato breve de un genio o el desarrollo de una tesis indemostrable.
Todo eso y mucho más cabe en la libertad de quien lo escribe o lo dice, pero …cada vez menos porque los censores están regresando a ejercer su triste oficio para convertirse en el elemento indispensable de la estúpida y nefasta corrección política que, como si fuera un veneno intenta neutralizar las ansias de libertad y persigue a a los disidentes que piensan por sí mismos.
Se está naturalizando la censura para impedir la expresión libre en foros de debate en los que con frecuencia participan algunos indigentes mentales que dicen ser contertulios aunque en el fondo son unos fanáticos.
En un debate entre gente libre caben todas las palabras reconocidas por la Real Academia de la Lengua, o al menos eso sucedía en tiempos del Nobel Camilo José Cela, pero cada día con mayor virulencia los propios contertulios – muchos de ellos sin el menor currículo académico ni experiencia periodística- se convierten en perseguidores de los disidentes, se imponen al moderador y bloquean a gritos al que se atreve a criticar al gobierno que les dice cuál es la respuesta unívoca que deben dar.
Para tener plaza fija en un debate de esta guisa y tenor, conviene ser la pareja de un presentador, hijo de una señora a la que siempre admiré, ex cargo público de Podemos o señor mayor que aun se cree importante y se resiste a jubilarse para no caer en el vacío del olvido.
Cada vez que en un debate en la radio o la televisión alguien veta, insulta, grita y no deja hablar a otro polemista , desincentiva a la audiencia , desnuda su condición de intolerante y se gana el sueldo de quien le dicta el argumentarlo, con la excepción de quienes aún conservan la autoestima que algún día tuvieron,
Solo se explica este contradios caótico por el número de oyentes que disfrutan de una pelea entre ignorantes cabreados, y la responsabilidad es atribuible al medio que emite un programa basura.
Nada es casual en la repetición de momentos histéricos de muñecos de trapo que podrían ser sustituidos por verduleras y macarras de Chamberí.
Diego Armario