Henry David Thoreau, que no tenía community manager ni coche oficial, lo dejó escrito sin rodeos:
“La mayoría de los lujos, y muchas de las comodidades de la vida, no sólo son innecesarios, sino positivos impedimentos para la elevación de la humanidad.”
Y qué razón tenía el hombre… aunque sospecho que jamás imaginó un feudalismo tan cómodo, tan acolchado y tan perfectamente climatizado como el actual.
Porque hoy no vivimos en castillos de piedra, sino en palacios de subvenciones, asesores y sillones ergonómicos, donde los nuevos señores feudales, políticos profesionales de carrera vitalicia, nos repiten que todo es por nuestro bien mientras nos cargan con el peso de su bienestar.
Antes el siervo entregaba trigo y gallinas. Hoy entregamos impuestos, tiempo, dignidad y silencio, a cambio de una falsa sensación de confort, plataformas, pantallas, discursos tranquilizadores y una constante promesa de progreso que nunca acaba de llegar al pueblo… pero sí a las cuentas corrientes de quienes gobiernan.
El lujo moderno no es el oro ni la seda, como en la Edad Media.
El lujo actual es no rendir cuentas, vivir desconectado de la realidad y decidir desde moquetas gruesas lo que otros deberán sufrir sobre asfalto agrietado. Y eso, como advertía Thoreau, no eleva a la humanidad, sino que la aplana, la adormece y la convierte en dócil.
Las comodidades que nos venden no están pensadas para liberarnos, sino para entretenernos mientras se perpetúa el sistema. Un sistema donde se nos anima a discutir entre nosotros, izquierda contra derecha, jóvenes contra mayores, campo contra ciudad, mientras el verdadero privilegio permanece intacto, intocable, hereditario casi.
Este nuevo feudalismo no necesita látigos ni cadenas.
Le basta con hipotecas, miedo al futuro y la falsa idea de que vivir “un poco mejor que ayer” justifica aguantar un mucho peor mañana.
Thoreau hablaba de elevar la humanidad.
Nuestros gobernantes hablan de crecimiento, de cifras, de indicadores… pero jamás de conciencia, ética o responsabilidad real. Porque un ciudadano consciente es peligroso. Un ciudadano cómodo, no.
Y así seguimos:
Con más lujos que nunca,
con menos libertad de la que creemos,
y con la extraña sensación de que vivimos mejor…
mientras cada día aguantamos más.
Tal vez Thoreau no proponía vivir peor, sino vivir despiertos.
Y eso, para este feudalismo moderno, sería el verdadero lujo imperdonable.
Salva Cerezo