Dicen que cuando algo funciona milagrosamente se le llama “mano de santo”. Un remedio infalible, una solución inmediata, algo casi divino que arregla el problema en un santiamén.
La expresión viene de aquellas antiguas supersticiones según las cuales una reliquia de un santo, un hueso, una mano, un trocito de tela, tenía poderes curativos. Bastaba con tocarla para que desaparecieran males, desgracias o dolores de muelas.
Pues bien, parece que nuestro gobierno ha encontrado su propia reliquia milagrosa.
Mientras medio planeta anda con el pulso acelerado por los conflictos internacionales, las economías tambaleándose y los ciudadanos haciendo malabares para llegar a fin de mes, en Moncloa han decidido aplicar su receta infalible: sanidad universal para todos los inmigrantes, incluso para los que están en situación ilegal.
Y todo ello, naturalmente, sin tocar el problema de fondo:
la asfixia fiscal del contribuyente, que sigue siendo el paciente oficial del sistema.
Porque si algo ha demostrado este gobierno es que tiene un talento sobrenatural para gastar dinero… siempre que sea el de otros.
Los españoles pagan impuestos europeos, salarios africanos y servicios cada vez más saturados.
Pero no importa, porque siempre hay un ejército de asesores, observatorios, comisiones y expertos de confianza que garantizan que la ocurrencia del día salga adelante con solemnidad institucional.
Y así, entre decreto y decreto, el ciudadano observa cómo la política se parece cada vez más a una romería de reliquias, donde todo se soluciona con fe… y con el bolsillo del de siempre.
Lo curioso es que esta nueva “mano de santo” llega justo en plena tormenta internacional, con el mundo pendiente de las consecuencias de un error de cálculo en un ataque a Irán que amenaza con desestabilizar aún más la economía global.
Pero en España no hay problema.
Aquí seguimos administrando milagros como si el presupuesto público fuese agua bendita infinita.
Ayer, por cierto, fue viernes 13.
Y ya se sabe que hay días en los que la superstición parece gobernar el mundo…
aunque en nuestro caso no hace falta calendario para notar la mala suerte.
Porque viendo cómo se toman algunas decisiones, uno no puede evitar acordarse de aquel viejo eslogan publicitario de una fábrica de obleas:
“Hostias Pérez… tienen más Dios.”
Y visto lo visto, quizá también más sentido común.
Salva Cerezo