Parece que en el Gobierno han decidido adelantar las vacaciones de Navidad… o quizá simplemente ensayaban una versión institucional del “¿Dónde está Wally?”, pero sin Wally y sin institución.
Hasta siete ministros, que se dice pronto, han optado por lo que en teatro clásico se conoce como mutis por el foro, y en política moderna como “me voy, que vienen curvas”.
La lista de ausentes no tiene desperdicio:
Montero, Aagesen, Robles, Marlaska, Puente, Alegría y Cuerpo. Uno más y juegan al kickball (béisbol canadiense). Todos ellos convenientemente “indispuestos”, aunque a estas alturas la ciudadanía ya sabe que en el diccionario político, indisposición significa “hoy no me apetece dar explicaciones”.
Mientras tanto, ahí quedó Yolanda Díaz, estoica, sola ante las hordas parlamentarias, como esas figuras de belén que tiran del carro mientras los Reyes Magos se entretienen mirando escaparates.
Desde la oposición hablan de “espantada”. Y es normal, porque cuando tres se marchan es sospechoso; cuando siete desaparecen a la vez parece ya un escape room mal diseñado donde la salida es la puerta del Congreso.
Y claro, el gran dilema de cada fin de año se repite:
¿Cobrar sin trabajar?
Una cuestión que para millones de españoles resulta ofensiva, pero que para algunos miembros del Ejecutivo parece formar parte de un nuevo manual de buenas prácticas. O quizá del viejo feudalismo, ese que tanto te me gusta señalar, el de las rentas aseguradas, los vasallos mudos y los señores que no dan explicaciones porque… ¿para qué?
Se diría que asistimos a una nueva era política, donde la transparencia es opcional, la responsabilidad también, pero el salario es fijo. La versión 2.0 del feudalismo, menos castillos, más despachos; menos armaduras, más asesores; e idéntica sensación de impunidad.
Al final, lo único que quedó claro es que en esta última sesión de control del año, controlar, lo que se dice controlar, se controlaron ellos mismos… y salieron todos por la puerta.
Salva Cerezo