Decía el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer que la estupidez es un enemigo mucho más peligroso para el bien que la maldad. Y cuanto más pasa el tiempo, más parece que aquella reflexión no era filosofía, sino un parte meteorológico del siglo XXI.
Porque el malvado, al menos, suele despertar sospechas. En cambio, el estúpido actúa con una convicción tan inquebrantable que convierte cualquier disparate en una verdad revelada. No necesita pruebas; le basta con un eslogan, un aplauso y un líder al que seguir con la devoción de quien cree haber encontrado el Mesías… aunque lleve la brújula apuntando al precipicio, lo más parecido a las sectas.
Los seguidores más fanáticos de algunos líderes políticos han perfeccionado esta disciplina. Ya no defienden ideas; defienden carnés de identidad emocional. Si el líder cambia de opinión, ellos cambian antes de que termine la frase. Si ayer decía blanco y hoy dice negro, inmediatamente descubren que el gris era un invento de la oposición.
Es una evolución fascinante. Antes las personas pensaban y luego votaban. Ahora primero aplauden y, si sobra tiempo, ya pensarán… o mejor dicho, dejarán que piense el jefe por ellos. Resulta mucho más cómodo. Pensar provoca arrugas, verbigracia la cara actual del presidente.
Las redes sociales han convertido esta actitud en un deporte olímpico. Gana quien comparte más rápido el argumentario del día, aunque contradiga el del día anterior. La coherencia ha sido sustituida por la velocidad de reacción. No importa si el mensaje tiene sentido; lo importante es publicarlo antes de que el vecino.
Lo curioso es que todos los bandos acusan al contrario de estar manipulado, mientras cada uno presume de llevar el collar más elegante. Cambia el color de la camiseta, pero el rebaño sigue siendo el mismo.
Bonhoeffer advertía de que contra la estupidez los argumentos sirven de poco. Quien ha renunciado voluntariamente al pensamiento crítico es inmune a los hechos. La realidad rebota sobre él como las gotas de lluvia sobre un paraguas. Y si la evidencia resulta demasiado incómoda, peor para la evidencia.
Quizá por eso algunos dirigentes no necesitan convencer, sino simplemente mantener entretenidos a sus fieles. Mientras discuten con el vecino, nadie pregunta por la factura. Mientras la grada canta, pocos miran el marcador.
Al final, la democracia corre un riesgo cuando los ciudadanos dejan de ser ciudadanos para convertirse en hinchas. El aficionado perdona cualquier falta si la comete su equipo. El ciudadano, en cambio, debería exigir responsabilidades aunque el culpable vista los mismos colores.
Porque la libertad comienza cuando uno se atreve a decirle a los suyos: «En esto te has equivocado». Y esa frase, hoy en día, parece más revolucionaria que muchas manifestaciones.
Como dice el viejo refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y quizá tampoco haya peor cadena que la que uno lleva convencido de que es una medalla. Porque cuando la estupidez se disfraza de lealtad, el poder deja de necesitar razones: le basta con encontrar suficientes personas dispuestas a cerrar los ojos… y a aplaudir con entusiasmo.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 29/06/2026

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