Cuando el chaparrón es político, siempre hay quien sale empapado… y quien vende paraguas.
En este país nuestro, donde el tiempo cambia más que el discurso electoral en campaña, ha vuelto a cumplirse el viejo refrán, ese de que nunca llueve a gusto de todos. Y menos aún cuando la lluvia es de decretos, pactos imposibles y cumbres europeas a las que uno va… o dice que no va.
Empezamos por la Ley de multirreincidencia, esa que llevaba dos años criando polvo en algún cajón ministerial, probablemente entre una grapadora rota y un informe olvidado, y que, de pronto, resucita con el empujón de Junts. Milagro administrativo. Lo curioso no es que se apruebe, sino con quién, el PSOE dándose la mano con la derecha mientras mira de reojo a la izquierda, que observa la escena como quien ve a su pareja bailando un pasodoble con el ex.
Aquí nadie traiciona, todos “evolucionan”. Evolucionan tanto que a veces uno ya no sabe si está en el Parlamento o en un intercambio de cromos repetidos.
Seguimos con Lambán, señalado por Óscar López como el culpable de la pérdida de las elecciones de Aragón, ese ministro de gran cabeza y poco corazón, metáfora anatómica perfecta para los tiempos que corren. Si fuera gamba, ya lo has dicho tú… todo desperdicio. Mucho cefalotórax y poco músculo político. En la política actual abundan los crustáceos de despacho, con mucho caparazón, poco contenido y, eso sí, siempre dispuestos a hacer ruido cuando los sacan de la pecera.
Y mientras tanto, España apartada de la cumbre europea. O mejor dicho, apartada… según versión oficial. Porque aquí entramos en el terreno favorito del guion político:
—¿No te han invitado?
—No, he decidido no ir.
—Claro, claro…
Posible desencuentro con Giorgia Meloni, otra pataleta internacional y un nuevo capítulo para la colección de roces con mandatarios mundiales del presidente. Ya no coleccionamos imanes de nevera de los viajes oficiales; ahora coleccionamos enemistades diplomáticas, que ocupan menos espacio y dan más titulares. La diplomacia se ha vuelto una especie de “reality show”, porque si no hay drama, no hay audiencia.
Total, que mientras unos pactan con quien ayer era el demonio, otros señalan a los suyos como si fueran el mal absoluto, y el presidente juega al “me voy pero no me voy”, el ciudadano mira al cielo esperando que, al menos, llueva algo de coherencia. Pero no, cae granizo de contradicciones, tormenta de reproches y, como siempre, nunca llueve a gusto de todos… salvo para el que vende el paraguas del relato oficial.
Porque al final, en esta meteorología política tan nuestra, no importa tanto el chaparrón como quién controla el parte del tiempo.
Salva Cerezo