El pavor de los políticos a que los ciudadanos les llamemos por su nombre ha hecho posible lo que nunca imaginamos que ocurriría en una sociedad como la nuestra donde el lenguaje del pueblo era palabra de Dios y hasta los académicos de la lengua juraban en arameo y blasfemaban en cristiano.
Los que tenemos una edad llamábamos “hijoputa” a una persona a la que admirábamos por su suerte o sus méritos, y “maricón” a quien no se atrevía a hacer algo por timidez, pero desde que se inventó la corrección política hay gente que se la coge con papel de fumar y habla o escribe como una ursulina por miedo al qué dirán.
La anticultura que promueve la casta política que va desde el facherío hasta el mar de los que tampoco creen en la libertad y la democracia porque aún no se han quitado de encima el pelo de la dehesa de la izquierda totalitaria, han construido un muro de contención antiliberal para controlar el pensamiento libre desde la política institucional.
La policía del pensamiento reside en el parlamento español, desde donde se dictan normas coercitivas contra la libertad de prensa y de expresión, pero también desde el Parlamento Europeo que se ha convertido en una instancia inútil para la democracia y las libertades porque la casta no entiende de ideologías cuando se trata de ocupar el poder.
Mientras mueren asesinados periodistas en Palestina, en Rusia o Latinoamérica, en este país de consensos entre cómplices que dicen odiarse, tenemos una escasa prensa digna a la que llaman fascista los periodistas del régimen que cada dia reciben la pauta de lo que deben decir, escribir y vomitar.
Ante esta situación, que es conocida en los espacios de libertad del área internacional, la gente de pensamiento libre que camina por la calle de la incorrección política es joven, es madura, es librepensadora y no ha olvidado que no es delito blasfemar o llamar hijo de puta a los delincuentes que nos gobiernan porque la libertad de expresión no ofende a la verdad y no hay que cogérsela con papel de fumar.
Diego Armario