Desconozco si Sánchez y los suyos están íntimamente persuadidos de que los días de negocios tortuosos, champán y gambas se acaban. Lo dudo. No porque su fin como presidente de un Gobierno repulsivo sea imposible, no. Mi duda radica en que, dado su perfil psíquico, en su cabeza no cabe aquello de que quien sube más alto de lo que debió, cae más bajo de lo que pensó. Además, de momento, él sigue sintiendo el apoyo de los amos, siempre ajenos a las contiendas particulares mientras no trasciendan el ámbito de lo doméstico.
Muchas voces van por ahí adelantando que está condenado, y que parientes, amigos y sectarios comparten esa certeza, aunque, por supuesto, no la manifiesten por conveniencia propia. Pero otros muchos siguen sin ver esto tan claro. Porque, aunque el gesto del presidente ilegítimo no exprese la habitual arrogancia y placidez de antaño, aún no se ha visto que sus allegados se alejen del maldito y dejen de tratarlo. Y es que suele ocurrir que, buscando la futura reubicación en el pesebre, los otrora aduladores, cuando ven el signo de la muerte política en sus halagados, se retraen en el trato con los moribundos.
Algo que puede suceder, pero que todavía no ha sucedido. Como tampoco ha sucedido que el cuerpo social, la plebe, en este caso, aliente la mínima opinión acerca del destino presidencial, lo que debería ser básico en una sociedad medianamente despierta, pero que, en la actual consideración plebeya de la contingencia, de lo presente y futuro, resulta insignificante, o inexistente. Por eso, aunque creo que sí, que tocado está, es posible que lo esté más en su soberbia que en su debilidad gubernativa.
Dicho lo cual se ha de añadir que este tipo de boxeadores políticos, cuando están guillados -ítem más si cuentan con amplios apoyos institucionales-, pueden pasarse años deambulando como zombis por el ring del Estado sin llegar a tocar el suelo.
Golpeando sin medida ni concierto mientras sus numerosos cuidadores le sigan haciendo transfusiones vivificantes, y mientras no tenga enfrente un enemigo organizado capaz de asestarle el golpe definitivo. Y estos «no muertos» son terriblemente dañinos, los más peligrosos para flagelo de la patria y de todo lo elevado y noble.
Otra cosa distinta es que el «no muerto» esté disfrutando plenamente de su maldad o, por el contrario, que las adversidades que se le oponen afecten penosamente a su naturaleza. Desconozco si los fatuos, en su desmesura, tienen momentos de lucidez para analizar objetivamente su circunstancia, en este caso su posición en el tablero sociopolítico.
Puede que hasta el narciso más genuino llegue a percibir el dogal y el hedor de la corrupción en torno suyo, y que lo asuma o lo desprecie hasta su propio final. Pero, atendiendo al bien de España, da lo mismo que lo asuma o que lo desprecie. Lo que afecta a la patria es que un «no muerto», que se pudre lentamente en su patriarcal palacio, la está destrozando con sus decisiones.
Y que no hay nadie capaz de sanear el pudridero, ni de enterrar el cadáver que con su pestilencia todo lo descompone.
Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)