«Nada es más hostil a una comprensión sólida del conocimiento que el autoengaño».
Zenón de Citio
Hay frases que sobreviven a los siglos porque describen con precisión quirúrgica la condición humana. Zenón de Citio no conoció los platós de televisión, las redes sociales ni las sesiones de control del Congreso, pero parece que escribió pensando en ellas.
El mensaje solemne contra la polarización ha tenido una vida más corta que un helado en agosto. Apenas unas horas después de invocar la concordia, sus señorías regresaron al Congreso para entregarse con entusiasmo a su deporte favorito: el lanzamiento de reproches a puerta vacía. El adversario político ya no es alguien con quien discrepar; es el enemigo a batir. Y cuanto más ruido, mejor.
Mientras tanto, la famosa cloaca sigue ampliando galerías subterráneas. Cuando parecía que el reparto estaba completo, aparece un nuevo personaje en escena, la presidenta del PSOE, Cristina Narbona vinculada al argumentario de la fontanería política. Esto empieza a parecerse más a una serie de larga duración que a una democracia moderna. Cada capítulo promete ser el definitivo, pero siempre hay renovación para la siguiente temporada. Suma y sigue.
Sin embargo, no hay motivo para la preocupación. El Papa se marchará y el Mundial de fútbol comenzará puntualmente. Nada calma tanto el espíritu colectivo como la sucesión ordenada de ceremonias, polémicas arbitrales y debates trascendentales sobre si el seleccionador debería jugar con dos delanteros o con tres centrocampistas.
Los romanos ya conocían la fórmula: pan y circo. Dos mil años después hemos perfeccionado el sistema. Ahora el circo es de alta definición y el pan se sirve acompañado de encuestas, tertulias y titulares diseñados para mantenernos ocupados hasta el próximo escándalo.
La gran pregunta es qué ocurrirá cuando se apaguen los focos, termine el campeonato y desaparezca la distracción de turno. ¿Qué pasará cuando el ciudadano vuelva a mirar la realidad cotidiana? La vivienda disparada, la desconfianza institucional, la degradación del debate público y la sensación creciente de que los problemas reales siempre pueden esperar unos días más.
Quizá el mayor problema no sea la existencia del circo, sino nuestra disposición a comprar la entrada una y otra vez. Porque el autoengaño al que aludía Zenón no consiste únicamente en creer una mentira; consiste en preferir la comodidad de la ilusión antes que la incomodidad de las preguntas.
Y esas preguntas siguen ahí, esperando pacientemente el final del espectáculo.
Porque el pan se consume, el circo termina y los aplausos se apagan.
Pero la realidad, esa incómoda aguafiestas, siempre acaba reclamando su turno.
Salva Cerezo