Si ayer hablábamos de los jóvenes frustrados, hoy toca cambiar de trinchera sin movernos demasiado del drama nacional. Porque en España uno no deja de ser precario, simplemente cambia de edad.
La jubilación, ese oasis prometido tras décadas de madrugones, bocadillos envueltos en papel de aluminio y cotizaciones religiosamente descontadas, se ha convertido en una especie de salto al vacío. No tanto por dejar de trabajar, que también, sino por descubrir que, cuando por fin tienes tiempo, ya no tienes dinero. Y cuando tienes dinero… bueno, eso ya casi nadie lo recuerda.
El pensionista moderno no se jubila, se recicla en funambulista. Hace equilibrios constantes entre la factura de la luz, la cesta de la compra, el recibo del gas y ese pequeño lujo mensual llamado “medicación”. Todo ello mientras ejerce de colchón social de hijos y nietos, porque alguien tendrá que pagar alquileres imposibles, hipotecas eternas o meriendas con inflación incluida.
Y así llegamos al gran truco de magia del sistema, pues
te hacen pobre quitándote tu dinero
y luego te ofrecen ayudas
con el dinero que te han quitado.
Un círculo perfecto. Casi poético. Kafka estaría orgulloso.
Mientras tanto, desde la tribuna, el presidente saca pecho en su balance de fin de año y nos explica, con una sonrisa institucional, lo mucho que ha mejorado la vida de los españoles en 2025. Uno escucha esto desde la cocina, calculadora en mano, y se pregunta si vive en el país equivocado o si el balance lo han hecho en una realidad paralela, de esas donde la compra baja sola y las pensiones crecen más que los discursos.
Porque la vida del pensionista ha mejorado… sí.
Ahora hace más pasos diarios, del sofá al banco.
Ejercita la mente, calculando qué deja para mañana.
Y mantiene la vida social, en la cola del ambulatorio y en la del supermercado.
¿Broma o maldad? Esa es la gran duda. Aunque viendo la serenidad con la que se repite el discurso, uno empieza a sospechar que no es ninguna de las dos. Quizá sea algo peor, desconexión total.
Así que cuidado con los pensionistas. No porque estén en peligro de rebelarse, sino porque están sosteniendo un sistema que les da las gracias… con aplausos imaginarios y promesas indexadas a la paciencia.
Y ya sabemos que la paciencia, como las pensiones, también se agota.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 03/01/2026

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