El refranero español es una fuente inagotable de sabiduría. Aunque a veces conviene añadirle unas palabras para adaptarlo a los tiempos que corren: perro que mucho ladra, poco muerde, pero bien guarda.
Este viernes, Sánchez volvió a subirse al púlpito en Fuenlabrada, aprovechando el comité federal del PSOE, para ofrecernos otro espectáculo de entusiasmo militante, con más aroma a culto al líder que a debate político.
Y, por si faltaba emoción, sacó a Begoña a escena con declaración de amor incluida. Cuando la política se convierte en una mezcla de mitin, culebrón chabacano y ovación organizada, uno ya no sabe si está en una reunión de partido o en el club de fans del jefe.
Pero mientras unos ladran consignas y otros aplauden con fervor, hay asuntos bastante menos románticos. Como la polémica de los nietos excluidos del derecho al voto por cuestiones relacionadas con la acreditación de su descendencia, que ha terminado en manos del Defensor del Pueblo para recurrir ante el Constitucional, con el consiguiente coste público.
Y aquí viene la pregunta del millón: ¿quién responde políticamente cuando la Administración no hace bien sus deberes y el ciudadano acaba pagando las consecuencias?
Porque para repartir discursos, exhibir lealtades y proclamar amores siempre hay micrófonos disponibles. Para asumir responsabilidades, en cambio, parece que todos se vuelven sordos.
Al final, el problema no es que el perro ladre mucho. Ni siquiera que muerda poco. El problema es descubrir qué está guardando con tanto celo y a quién pretende mantener fuera de la verja.
En política, como en las mejores casas de labor, conviene desconfiar del ruido y vigilar quién tiene las llaves. Que algunos ladran para asustar, otros para disimular… y unos cuantos, mientras tanto, guardan muy bien su parcela de poder.
Salva Cerezo