Después de la fiebre del eclipse, que nos tuvo mirando al cielo como si allí arriba estuviera la solución a nuestros problemas, me ha venido a la cabeza una expresión muy nuestra: “poner los pies en polvorosa”. Es decir, salir corriendo, generalmente con tanta prisa que hasta las explicaciones se quedan atrás.
Hay quien dice que la expresión procede de las nubes de polvo que levantaban los viajeros al atravesar a toda velocidad los antiguos caminos.
Otros aseguran que “polvorosa” procede de la jerga calé y significa camino. Sea cual sea su origen, el resultado es el mismo: pies para qué os quiero y… ¡a correr!
Y en eso parece haberse convertido buena parte de la España vaciada. Los jóvenes ponen los pies en polvorosa rumbo a las grandes ciudades, mientras en algunas aldeas queda ese último mohicano que, con sus setenta años bien cumplidos, se resiste a abandonar la casa, el huerto y hasta al gato que heredó de su vecino.
Mientras tanto, las grandes urbes se llenan hasta los balcones. Pisos minúsculos a precio de palacio, alquileres que requieren un sueldo de ministro y vecinos que viven a tres metros de distancia sin conocerse. Todo sea por disfrutar de la modernidad de vivir más juntos para estar cada vez más solos.
Y aquí aparece la paradoja, hemos vaciado los pueblos buscando una vida mejor y hemos abarrotado las ciudades hasta convertirlas en una carrera de obstáculos. Hemos cambiado el canto del gallo por el claxon, el huerto por el supermercado y la tranquilidad por una hipoteca que también pone los pies en polvorosa cada fin de mes.
Quizá deberíamos detenernos un momento y mirar hacia esos pueblos que estamos dejando morir. Porque mientras discutimos sobre grandes proyectos, grandes ciudades y grandes cifras, hay pequeñas localidades que desaparecen silenciosamente del mapa.
Un antiguo proverbio alemán dice: “Una valla dura tres años, un perro tres vallas, un caballo tres perros y un hombre tres caballos”. Una manera muy rural de recordarnos que todo tiene fecha de caducidad.
Y quizá ahí esté la verdadera moraleja: corremos tanto para llegar a ninguna parte que olvidamos que, al final, todos terminamos en el mismo sitio.
Así que cuidado con poner demasiado los pies en polvorosa. Porque podemos pasarnos media vida huyendo del pueblo para descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que aquello de lo que escapábamos era precisamente lo que nos hacía falta.
Mic, mic… Y mientras el Correcaminos sigue corriendo, el pueblo de al lado acaba de cerrar su último bar.
Salva Cerezo