“Poner una pica en Flandes” significaba conseguir algo extraordinariamente difícil. En tiempos de Carlos V, llevar hasta Flandes a aquellos soldados armados con sus enormes picas era casi una proeza logística. Y cuando finalmente se conseguía, había motivos para celebrarlo.
Desde entonces hemos cambiado bastante. Ya no necesitamos piqueros, barcos ni atravesar Europa para conquistar territorios. Ahora basta con una buena subvención, un informe de 200 páginas y un ejército de expertos dispuesto a explicarnos que, si no ponemos una pica contra el cambio climático, estamos perdidos.
La Unión Europea destina veintiocho mil millones a combatirlo. Y uno, que es mal pensado, se pregunta: ¿cuánto dinero llega realmente al clima y cuánto se queda por el camino alimentando una nueva legión de asesores, consultores, organismos, observatorios, comités y demás fauna perfectamente adaptada a vivir de la emergencia?
Porque hay algo en lo que nuestros políticos sí han conseguido poner una pica en el bolsillo del contribuyente.
Los influencers están perdiendo credibilidad porque el público empieza a sospechar que detrás de cada recomendación hay una factura publicitaria.
Curiosamente, los políticos parecen haber descubierto el método inverso, primero crean la preocupación, después elaboran el discurso y finalmente encuentran la partida presupuestaria.
Y así, mientras antes había que llevar una pica hasta Flandes para conquistar un territorio, hoy basta con llevar una pancarta hasta Bruselas para conquistar una subvención.
Quizá el problema no sea luchar contra el cambio climático. Eso puede ser perfectamente razonable.
El problema aparece cuando el clima se convierte en un negocio, la emergencia en una profesión y la pica en una nómina.
Carlos V ponía picas para ganar batallas.
Nosotros, cuatro siglos después, seguimos poniendo picas.
La diferencia es que ahora no sabemos muy bien quién gana la guerra… pero algunos ya han cobrado el sueldo.
Salva Cerezo