Decía Ambrose Bierce que “la guerra es un método de desatar un nudo político con los dientes que no se puede deshacer con la lengua”. Y parece que últimamente, el mundo anda escaso de lenguas y sobrado de dientes.
Que Donald Trump es un cateto ignorante metido a político, no lo discute ni su peluquero. Que un ignorante con poder es más peligroso que una cerilla en un almacén de petardos, tampoco. Pero lo grave no es que exista un Trump; lo preocupante es que existan millones que lo aplaudan convencidos de que el gato que los araña es, en realidad, su mascota favorita.
Porque claro, ponerle el cascabel al gato suena fácil cuando el felino duerme la siesta. El problema es que el gato de la política internacional tiene garras, colmillos y, además, cuenta con redes sociales, asesores de imagen y una legión de devotos dispuestos a maullar lo que él diga.
Vivimos en un siglo XXI que parece una tragicomedia del XVIII, solo que con wifi. Los nuevos señores feudales no llevan corona, sino corbata; no montan a caballo, sino en jet privado; y no exprimen al pueblo con diezmos, sino con impuestos creativos y promesas huecas.
Y mientras tanto, nosotros, los vasallos modernos, seguimos discutiendo en redes quién tiene la culpa, mientras el castillo sigue creciendo a costa del pueblo.
La diferencia con aquellos tiempos medievales es que hoy no necesitamos imaginar las injusticias, las vemos, las leemos y hasta las compartimos con un emoji de indignación. Pero de actuar, ni hablar. Ponerle el cascabel al gato da miedo, no sea que el gato se enfade y nos quite el wifi o la subvención, convirtiéndonos en meretrices sociales.
Así seguimos, domesticando nuestra conciencia con titulares, aceptando que los delincuentes nos gobiernen con nuestros propios votos y justificando sus fechorías con frases de “todos son iguales”.
Y claro, cuando nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato… el gato se convierte en tigre.
Salva Cerezo