El Cascanueces toma su nombre de un personaje y muñeco tradicional alemán, muy popular en los cuentos y en la cultura navideña del siglo XIX. El Nussknacker era famoso porque rompía las nueces con los dientes, apretando la mandíbula mediante una palanca en la espalda. Estas figuras, talladas en madera, solían tener rostros severos o grotescos y se creía que ahuyentaban los malos espíritus y protegían el hogar.
De ese objeto cotidiano y rústico nace el protagonista del cuento alemán escrito por E.T.A. Hoffmann en 1816, El Cascanueces y el Rey de los Ratones. Allí, detrás de un muñeco aparentemente tosco, se esconde un príncipe encantado.
La historia comienza en Nochebuena, cuando Clara recibe como regalo un cascanueces. Al dar la medianoche, la casa se transforma: los juguetes cobran vida, el árbol de Navidad crece, aparecen ratones gigantes comandados por el temible Rey de los Ratones, y el cascanueces lucha para defenderla. Tras la batalla, el muñeco se transforma en príncipe y juntos viajan al mágico Reino de los Dulces, donde cada danza representa sabores, países y fantasías.
Aunque hoy es inseparable de la Navidad, el ballet no fue un éxito en su estreno en 1892 en San Petersburgo. La crítica lo consideró confuso y cuestionó la presencia de tantos niños en escena. Con el tiempo, ocurrió lo impensado: se convirtió en el ballet más representado del mundo, al punto de que muchas compañías sostienen su temporada gracias a él.
La música de Tchaikovsky, hoy universal, también fue recibida con extrañeza. La célebre Danza del Hada de Azúcar, con el sonido cristalino de la celesta, terminó siendo una de las melodías más reconocibles de la historia de la música.
Detrás del cuento infantil y del espectáculo navideño, El Cascanueces habla del paso de la infancia a la adultez, del poder de la imaginación y de la transformación que solo ocurre cuando creemos en la magia.