España ya no gobierna. España improvisa. Y cuando uno cree que el esperpento ha alcanzado techo, aparece una nueva temporada de esta serie nacional que mezcla tragedia, sainete y club de la comedia institucional.
Ahora resulta que el famoso Falcon presidencial podría acabar embargado por Estados Unidos por impagos relacionados con las renovables. El avión oficial convertido en símbolo del “resistiré” patrio corre el riesgo de terminar aparcado en una campa americana como si fuese un coche financiado que dejó de pagar las letras. A este paso, el próximo viaje internacional de Sánchez será en BlaBlaCar o montado en un patinete eléctrico subvencionado.
Pero tranquilos, porque el Gobierno tiene claras sus prioridades. No hay dinero para financiar determinados medicamentos contra el Alzheimer, esa enfermedad menor que solo destruye recuerdos, familias y vidas, pero sí parece haber recursos ilimitados para regularizaciones masivas, campañas propagandísticas y estructuras clientelares varias. La memoria de nuestros mayores cuesta demasiado; los votos potenciales, en cambio, siempre encuentran partida presupuestaria.
Mientras tanto, dos guardias civiles fallecen en Huelva durante otra persecución contra narcotraficantes. Dos servidores públicos que salen cada día a jugarse la vida frente a mafias cada vez más organizadas y más impunes en condiciones precarias. Pero ni siquiera su entierro mereció la presencia del ministro Marlaska, quizá demasiado ocupado gestionando estadísticas o buscando nuevas formas de llamar “incidentes aislados” a lo que ya parece una guerra abierta en ciertas zonas de España. Eso sí, para solemnidades, minutos de silencio y discursos lacrimógenos selectivos, siempre hay tiempo dependiendo de quién convenga políticamente.
Y por si faltaba algo en este cóctel nacional de descontrol, llega el episodio sanitario del crucero y el hantavirus. España se juega 6.000 millones del turismo canario mientras Sanidad vuelve a exhibir esa eficacia administrativa tan característica, nueve ciudadanos navarros abandonaron el barco sin seguimiento alguno. Nueve. Uno ya podría parecer un error; nueve empieza a parecer un método de trabajo.
Vivimos en un país donde se controla más el diámetro de la tapa de una botella que el seguimiento sanitario de posibles contagios. Un país donde el ciudadano paga impuestos nórdicos para recibir explicaciones caribeñas.
Y mientras todo esto sucede, el Gobierno continúa vendiendo estabilidad, progreso y liderazgo internacional. Debe de ser verdad, porque para mantener semejante relato en pie hace falta una imaginación absolutamente prodigiosa.
España ya no necesita oposición. Le basta con escuchar el parte diario de acontecimientos. Cada mañana aparece una noticia nueva que hace buena la anterior. Y así seguimos, entre Falcons hipotecados, fronteras desbordadas, ministros desaparecidos y prioridades invertidas.
Como decía el viejo refrán: “Cuando el río suena, agua lleva”.
Aunque en la España actual, cuando el río suena… probablemente sea porque también han dejado de mantener las presas.
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Salva Cerezo