Hoy, Domingo de Ramos, da comienzo a la Semana Santa. Y resulta que eso tan solemne, tan espiritual y tan fotogénico de la Semana Santa… tiene un origen que, si lo miras de reojo, da más para novela negra que para estampita devocional.
El famoso capirote, sí, ese cucurucho elegante que apunta al cielo, no nació precisamente en un desfile de fe, sino en los despachos de la vieja y temida Inquisición Española. Allí, a los “pecadores oficiales” les colocaban el modelito completo: sambenito (para que todo el mundo supiera lo bien que lo habías hecho… mal) y capirote, a modo de cartel luminoso de “estoy pagando mis pecados”.
Con el paso del tiempo, alguien debió pensar que
“eso tenía estilo… y decidieron sacarlo en procesión”.
Y así, por arte de tradición y olvido selectivo, el uniforme del castigado pasó a ser el del devoto.
Cosas de la historia: lo que antes era humillación pública, hoy es fervor organizado.
Pero la cosa no acaba ahí. En sitios como Murcia, mi tierra, el nazareno no solo carga con sus pecados… sino con hasta 10 kilos de dulces, monas, huevos duros y habas. Una mezcla curiosa entre penitente y repartidor de catering.
Eso sí, todo con doble sentido, si eres penitente, compensas tus males.
Si llevas el paso, comes para sobrevivir al esfuerzo.
Vamos, que entre culpa y hambre, nadie se queda sin justificación.
Mientras tanto, en otras ciudades se afinan detalles, que si el capirote más alto, que si sin antifaz, que si con más o menos tela… como si fuera un desfile de alta costura espiritual con siglos de historia detrás.
Y al final, llega el forastero a Sevilla, ve todo ese espectáculo y suelta la mejor conclusión posible:
“Yo pensaba que eso de vivir una noche de pasión era otra cosa…”
Y probablemente no le faltaba razón. Porque entre tradición, simbolismo y reinterpretaciones, la Semana Santa demuestra una vez más que la historia no solo se recuerda… también se disfraza.
Salva Cerezo