Hay promesas que llevan siglos circulando y, por lo visto, algunas administraciones se han especializado en perfeccionarlas. “Prometer el oro y el moro” significa ofrecer mucho, muchísimo… aunque luego haya que buscar con lupa dónde quedó lo prometido.
La expresión parece tener su origen en la Jerez del siglo XV, cuando un caballero cristiano reclamaba el pago del rescate de un prisionero moro y el asunto acabó en la corte de Juan II entre dineros, rescates y discusiones.
Tanto se habló de oro y moro que el pueblo, siempre dispuesto al chascarrillo, hizo el resto.
Seiscientos años después, el método sigue funcionando. Cambian los protagonistas, pero no el argumento: promesas para todos, soluciones para mañana y resultados… ya veremos.
Y mientras tanto, España observa cómo se negocia, se concede y se promete fuera, mientras dentro aumentan el descontento, la incertidumbre y la sensación de que el ciudadano siempre acaba pagando la factura de una fiesta a la que ni siquiera le han invitado.
Porque prometer es gratis. Cumplir ya resulta bastante más caro.
Y aquí viene a la memoria aquel viejo refrán de dudosa elegancia pero indudable precisión: “Prometer hasta meter y, una vez metido, nada de lo prometido”. Una filosofía que, aplicada a la política, podría acabar convirtiendo el programa electoral en literatura fantástica.
Al final, quizá el problema no sea que nos prometan el oro y el moro. El problema es que cada vez hay más oro que sale y menos moro que se queda.
Como recuerda Manu Quesada: “Muchas veces enfocamos la vida como un espectáculo de magia, intentando descubrir el truco y olvidando lo más importante… disfrutar de ella.”
Aunque, viendo el espectáculo político, lo difícil ya no es disfrutar de la magia… sino descubrir quién ha hecho desaparecer el dinero.
Salva Cerezo