No es que el PSOE haga canallas, pervertidos, ladrones y oportunistas a sus partidarios, sino que toda la tropa de viciosos, vagos y criminales que deambula por el mundo se apunta a grupos idóneos para ejercer sus depravaciones; y ahí es donde tienen su razón de ser sociedades siniestras como el partido del puño y la rosa. La cabra tira al monte y los cabrones al socialcomunismo.

Por eso, insisto: no es que el PSOE los haga, al PSOE vienen ya hechos; el PSOE, como genuino Club del Crimen Español, se limita a acogerlos, alimentarlos, perfeccionarlos y alentarlos, que no es poco.

¿Qué caudal de elocuencia se necesitaría para describir las miserias del PSOE, de sus componentes, del socialcomunismo en general y de sus excrecencias? No pocos articulistas, sociólogos y ensayistas, e incluso arbitristas, lo han intentado; pero ¡qué cortos quedan sus análisis! ¿Cómo, cuándo, dónde puede investigarse en esta vida la naturaleza delictiva de los socialcomunistas, sin que el investigador esté sujeto a incredulidades, horrores y escalofríos sin cuento? ¿A qué dolor y a qué inquietud no están expuestos el cuerpo y la mente del estudioso que se introduce en las alcantarillas de esta diabólica secta?

La deformidad es contraria a la belleza; la enfermedad a la salud. El equilibrio y el movimiento del cuerpo, cuando son propios y adecuados, se encuentran entre los principios de la naturaleza. Pero si los miembros se indisponen, si la espina dorsal se curva hasta arrastrar las manos por el suelo, el hombre se transformará en cuadrúpedo, dando al traste con la belleza y el decoro del equilibrio y del movimiento corporal. Tal ocurre con los bienes primarios del alma, el sentido para percibir la verdad y el intelecto para comprenderla.

¿A qué se reducirá el sentido si el hombre se queda ciego y sordo, y adónde irán a parar la razón y la inteligencia si el hombre se perturba hasta volverse un lunático profundo? Cuando los psicópatas dicen absurdos sin cuento y cometen extravagancias y aberraciones, todo ello contrario a un orden de vida lógico y a sus costumbres, las gentes de bien no pueden sino decepcionarse y amargarse. Lo mismo podemos decir de quienes actúan como poseídos por los demontres, y el espíritu maligno usa a capricho del alma y del cuerpo de ellos. ¿No son los frenéticos y demás desequilibrados los causantes de esas acciones que nos horrorizan, al pervertírseles el sentido y trastornárseles la razón?

Estamos hablando del PSOE y de sus correligionarios y propagandistas. Y, más allá, de sus jefes, ascendientes y antecesores. Pues bien, la pregunta es: ¿ cómo es posible que esa balumba de obsesos, pervertidos y maníacos haya logrado gobernar a la patria y al mundo, y nos estén imponiendo un Nuevo Orden terrorífico, por trastornador y desnaturalizador? Si es innegable la existencia en el mundo de eso que llamamos males morales, en el cenagal socialcomunista se han dado cabida todos ellos, y exacerbados. De modo que, entre sus cuadrúpedos, no puede hallarse alguno sin todas las taras al completo y en pleno hervor. Basta echar una mirada en sus intimidades y cavernas, como ahora ha hecho la UCO, para percatarnos de que esos males inundan al Club, y que lo sensato sería eliminarlos de la convivencia.

Pero, por desgracia, nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad -en un mundo, en una civilización- sustentada por el crimen y, en esa sociedad, organizaciones criminales como el PSOE son imprescindibles. El PSOE, pues, como elemento necesario en el Club del Crimen -nacional y supranacional-, nunca desaparecerá. Los delincuentes, del rey abajo, o sea, del magnate financiero hasta el vago, okupa o mierdecilla y estorbo de casa más míseros, lo necesitan, como la araña a la mosca. Podrán cambiarle el apellido, pero persistirá como escuela mafiosa con cualquier otra denominación.

Desde hace cincuenta años, gracias a los traidores criados en sus entrañas, que la han dirigido con la bendición de la gentuza electoral, España es una nación débil, endeudada hasta las cachas, sin autoridad moral, política ni económica, a la que se ha desmantelado su preeminente producción industrial, minera y agrícola, exponiéndola a todos los vendavales que contra ella gusten disponer sus enemigos, pero en la que, paradójicamente, gracias al crimen endémico instalado en su textura, el dinero corre con pasmosa fluidez.

Un dinero que corre porque hay muchos millones de españoles que viven del negocio de la corrupción. La red criminal urdida por los políticos, por los altos funcionarios en general, y por sus cómplices sociales, intelectuales, económicos y financieros -ninguno de ellos intrínsecamente productivo- con su siniestra secuela de cuñaos, amantes, sobrinos, amigos y demás insigne concurrencia, todos a consuno chupando vorazmente de la teta del Estado, ha convertido a la patria en un patio de Monipodio de más de quinientos mil kilómetros cuadrados.

Y, en una sociedad laxa y floja, sin patriotismo, dignidad ni religiosidad, cuya desvergüenza la lleva a elegir y a reelegir al forajido que roba, devasta, violenta y mata, poco importa que la UCO haya destapado una minúscula parte de esa red mafiosa. Poco importa que haya hecho pública la corrupción del Sistema y, con él, la del funcionariado al completo, con sus jefes, acólitos y subordinados en toda su floración, sin olvidar a los miles de poceros que estiran sus piernas y llenan sus bolsas por vertederos y cloacas.

Por eso, el PSOE, que, por naturaleza y aptitud es el protagonista mejor dotado para tal función, existirá mientras exista el delito; o sea, siempre, porque el diablo no duerme. Y lo hará con mayor o menor incidencia social, según el escenario de la lucha entre el Bien y el Mal, pero in aeternum.

Una sociedad sana no daría cabida en su seno a los malhechores, y mucho menos los alzaría al poder. Porque, ¿ qué vida honrada recurre al crimen para enriquecerse o vegetar? ¿Quién es tan ciego que no vea que si es un criminal no debe elegirse, sino ser juzgado y enjaulado? Y si, en el colmo del cinismo, se admite que a mi criminal no lo rechazo porque dentro del Sistema «los otros son también criminales», ¿por qué no reconocer públicamente que electores y elegidos, capuletos y montescos, componen una horda nauseabunda de miserables, allanando su soberbia y proclamando su depravación?

No, nunca se revelarán las trampas del juego, del inmenso engaño en que se halla inmersa la humanidad; una timba globalizada gracias al inquietante avance tecnológico. Porque ni a los nuevos demiurgos multimillonarios ni a sus sicarios les conviene. Prefieren cantar en el alba que «no tendrás nada y serás feliz». Cuando realmente piensan que «ni tendrás nada ni serás nada». Pero como las multitudes de esta civilización nuestra están moribundas, tienen enquistados en sus entrañas a todos los delincuentes y saqueadores, tanto los de primera pollada, como los metafísicos y los patriarcales.

Y de este modo se pueden incendiar contenedores y coches, asaltar comercios e incluso supermercados y entidades financieras para disimular. Y se puede trapichear en el día a día, acosar a los vecinos envidiados o a los adversarios políticos íntegros, en sus hogares o en sus ocupaciones laborales, para deshacerse de ellos con cualquier excusa, no sólo «para que no gobierne la ultraderecha», ni «para liquidar al facherío o al franquismo», sino con anhelos tan campanudos como impostados como es el deseo de cambiar el mundo.

Mas, por el contrario, no se puede protestar en defensa de la víctima de una salvaje violación, porque el criminal forma parte de la estructura sociopolítica. Ni en defensa de la patria, porque la nación es un objeto a destruir, no a proteger. Así, ocultando que cierta rebeldía popular conviene a los propios intereses del Sistema, el vago incendia en nombre del trabajo, el oportunista destruye en aras de la lucha política y el impune exige justicia porque tiene conciencia de la absoluta impunidad en que van a ampararse sus violentas actuaciones.

Porque el pueblo, en realidad, es sólo una excusa, un instrumento que se utiliza a conveniencia para debilitar el poder del enemigo y se ignora, traiciona o sacrifica cuando ya no sirve. Pero no se ven en lontananza los cirujanos capaces de amputar a tanta proliferación de tarados éticos y estéticos, ni de purificar el inmenso albañal. Y VOX no se atreve, no sabe o no puede; o lo que es peor, no quiere manejar el bisturí. Se ha acostumbrado a sus cómodas diatribas en el Congreso contra Sánchez, pero sabe -o debería saber- que el problema no es sólo Sánchez, ni su Club del Crimen Español, sino el Sistema.

La confusión como herramienta de dominación de las multitudes no es casual, sino inducida o tolerada por ciertos enemigos de la sociedad. Y con pellizcos de monja no se puede combatir a la Bestia que trata de masacrar a la Razón, a la Verdad, a la Libertad, a la Virtud y a la Cruz. VOX, viendo los palos que los policías en Alcalá de Henares atizan a las víctimas indefensas, dice muy enfático, y descubriendo el hilo negro, que no va a caer en el juego de culpar a los policías. Que el culpable es Marlaska y sus verrugas jerárquicas. Pero quienes hayan visto esta última acción policial represiva, y coleccione las que han tenido lugar en fechas anteriores, han podido comprobar que muchos de esos policías que golpean, lo hacen no con apariencia, sino con saña y disfrute.

Todos sabemos que hay policías ejemplares, lo mismo que militares, jueces, educadores, etc. Pero, en la actualidad, no son ellos los que marcan la pauta. Los ciudadanos íntegros, funcionarios o no, se hallan tensos, a la espera de una voz fuerte, de un pensamiento noble, de un propósito digno. Equiparando a todos -a maleantes y a justos-, VOX beneficia a los canallas y perjudica a los honrados. Todas las instituciones están corroídas por la metástasis del crimen, y VOX si tuviera el vigor que las circunstancias precisan, convertiría en protagonistas a los decentes, rescatándolos de su ostracismo social e insuflándolos el orgullo oportuno para la rebeldía. Pero para ello hay que señalar a esa chusma que tira la piedra, esconde la mano y camufla sus piojosas intenciones entre la plebeya confusión.

Por eso digo que no es sólo contra Sánchez contra el que hay que desenvainar las espadas, metafóricamente, sino contra la red criminal tejida por éste y por los anteriores Sánchez -de uno y otro color- que han degradado a la patria durante cinco décadas. Y, más allá, contra el Nuevo Orden, ese Club del Crimen Internacional que alimenta y ampara a nuestro bipartidismo y a sus carnosidades separatistas y terroristas, con el inmundo objetivo de que sigan minando a la patria hasta su devastación absoluta. Porque, hoy por hoy, todas las instituciones patrias, del rey abajo, son esbirros del Consistorio Supremo y están podridas hasta la médula.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)

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Política,

Última Actualización: 09/07/2025

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