“Quemar las naves” significa jugárselo todo a una carta, gastar los últimos cartuchos y cerrar cualquier posibilidad de retirada. Aunque, curiosamente, Hernán Cortés nunca llegó a quemar sus barcos, los embarrancó para evitar que sus hombres tuvieran la tentación de regresar.
La historia, siempre tan amiga de la épica, decidió que unas naves ardiendo quedaban mucho mejor.
Y es que rectificar siempre fue cosa de sabios. Claro que para rectificar hay que admitir que uno se ha equivocado… y ahí ya entramos en terreno pantanoso.
Hoy tenemos otros navegantes que también han decidido quemar las naves. El Gobierno de Pedro Sánchez parece haber entendido que, cuando ya has consumido todas las vías de escape, solo queda seguir avanzando… aunque el mapa diga que el precipicio está a dos pasos.
Porque hay algo que nunca conviene subestimar, a quien siente que ya no tiene nada que perder tampoco le queda demasiado miedo que perder. Y si, además, confunde resistencia con razón, la aventura puede acabar convirtiéndose en naufragio.
Quizá por eso quienes aspiran a recoger el timón miran el horizonte con cierta prudencia. No es cobardía, es que antes de tomar el barco quieren comprobar si queda algún bote salvavidas.
Porque una cosa es quemar las naves…
y otra muy distinta es dejar el puerto convertido en cenizas y llamar a eso estrategia.
Y si además el capitán tiene rasgos sociopatas, el problema se agrava más todavía.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 07/09/2026

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