La política española tiene esa tendencia entrañable a abrir tantos frentes que al final no sabe ni dónde tiene el teclado.
Se especula con una posible baja del presidente. Y en ese supuesto, entraría en escena María Jesús Montero. Nada objetable en el mecanismo legal. El problema no es el reglamento… es la práctica.
Porque hablamos de la misma responsable que, hace apenas un suspiro parlamentario, votó en contra de ayudas a las víctimas de Adamuz “por error”. Tres botones. Tres. Ni una mesa de mezclas de Spotify en un chiringuito, querido lector, tiene tanta complicación técnica.
Cuando un gobierno presume de tener bajo control la economía, la justicia, la narrativa y la agenda internacional… pero tropieza con un botón, uno empieza a sospechar que quizá estamos ante el síndrome del exceso de confianza. Mucho abarcar, sí. Apretar… lo justo.
Y mientras tanto, el domicilio del hermano del presidente parece estar jugando al escondite administrativo. La maquinaria del Estado, que detecta cualquier descuadre en una declaración de la renta en tiempo récord, sufre una súbita amnesia geográfica.
La esposa del presidente, por su parte, decide que el pasaporte es un objeto casi filosófico. No es que no se entregue, es que se reflexiona sobre su entrega. La colaboración judicial elevada a performance contemporánea.
Y desde Europa nos señalan que en materia de inmigración algunos datos de edad parecen más flexibles que una clase de yoga. Bruselas levanta la ceja mientras aquí levantamos comisiones.
La sensación general es que el Ejecutivo intenta estar en todas partes, control político, relato internacional, gestión económica, equilibrios parlamentarios… y, de paso, apagar incendios propios.
Pero cuando uno quiere abarcarlo todo, termina apretando mal. O pulsando el botón equivocado.
Quizá el verdadero problema no sea quién sustituye a quién en caso de baja. Quizá el problema es la cultura del “ya lo arreglaremos luego”, esa fe infinita en que el titular de mañana enterrará el desliz de hoy.
Mientras tanto, el ciudadano observa, entre incrédulo y resignado, cómo lo excepcional empieza a parecer rutina.
Y así seguimos, con la sensación de que el sistema funciona… pero a veces con el piloto automático y los botones intercambiados.
Eso sí, el café que no falte. Porque si algo requiere precisión en este país, es al menos la dosis de cafeína para digerir cada capítulo.
Salva Cerezo