«No hay un sábado sin sol, ni una asistenta sin transistor». Refrán popular murciano.
Los viejos refranes tienen la mala costumbre de seguir retratando la realidad décadas después. En mi tierra murciana se decía que «no hay un sábado sin sol, ni una asistenta sin transistor (hoy sería móvil)». Actualmente habría que actualizarlo para los nuevos tiempos: «no hay un día sin imputado, ni un portavoz del Gobierno sin argumentario».
La actualidad política española parece haberse convertido en una serie de televisión de esas interminables, donde cada capítulo necesita un nuevo personaje investigado para mantener la audiencia. Cuando el espectador cree que el reparto ya está completo, aparece un nuevo protagonista dispuesto a ampliar el elenco judicial.
Esta vez les ha correspondido el turno a la directora de la Guardia Civil y al DAO, imputados en el llamado caso Leyre. Y, como ocurre siempre, la maquinaria oficial se pone inmediatamente en marcha. No importa el nombre del señalado, el protocolo parece escrito en mármol: primero se niega todo, después se denuncia una persecución política, más tarde se acusa a jueces, periodistas y oposición de conspirar, y finalmente se proclama que todo quedará en nada… hasta que llega el siguiente episodio.
La resistencia del Gobierno ya no recuerda tanto a Numancia como al Cid Campeador: continúa cabalgando aunque cada batalla deje más armaduras agujereadas. La diferencia es que el Cid inspiraba admiración incluso después de muerto; aquí algunos pretenden seguir ganando credibilidad mientras la confianza ciudadana se desangra poco a poco.
Mientras tanto, los escándalos brotan con la velocidad de una colonia de cucarachas cuando se enciende la luz de la cocina. Apenas se consigue apartar una noticia cuando ya aparecen dos más reclamando titulares. Ni la victoria de España en el Mundial de fútbol, ni las tragedias internacionales, ni los fuegos artificiales del relato político consiguen ocultar una sensación cada vez más extendida, la de un Gobierno que dedica más tiempo a apagar incendios judiciales que a gobernar.
Y ahí continúa el ministro Marlaska, haciendo equilibrios sobre un alambre cada vez más fino, convencido de que el mejor sistema de defensa consiste en repetir que no pasa nada mientras todo el mundo escucha el ruido de los cascotes cayendo alrededor.
La resistencia, sin embargo, tiene un límite. Numancia resistió hasta el último aliento porque defendía su libertad. Esta resistencia parece perseguir un objetivo mucho más modesto, conservar el sillón unos meses más, aunque el precio sea convertir la excepción en costumbre y la responsabilidad política en una especie en peligro de extinción.
Kafka escribió que «la vida duele y deslumbra al mismo tiempo; comprender el dolor no lo elimina, pero sí lo transforma». Quizá también habría añadido que comprender el ridículo tampoco lo elimina… pero ayuda a distinguir entre quienes resisten por dignidad y quienes simplemente se aferran al poder como el náufrago a un tablón que hace tiempo dejó de flotar.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 03/07/2026

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