«No todo lo que se enfrenta puede cambiarse, pero nada puede cambiarse hasta que se enfrenta.»
James Baldwin
Dicen que «quien no se moja, no cruza el río». Aunque, visto el panorama político español, algunos llevan años en la orilla debatiendo si el agua está demasiado fría mientras la corriente se lleva el puente.
La gran tragedia nacional ya no consiste en saber quién gobierna, sino quién se atreve a mover una ficha sin pedir antes veinte encuestas, tres sondeos y la opinión del cuñado de confianza.
La discusión de moda gira alrededor de una posible moción de censura. Unos sostienen que presentarla sería regalarle al Gobierno un balón de oxígeno si fracasa. Otros piensan exactamente lo contrario: que obligaría a los socios parlamentarios a salir del cómodo escondite y explicar a sus votantes por qué continúan sosteniendo un edificio que hace tiempo dejó de oler a pintura nueva y empieza a recordar a una alcantarilla con calefacción.
Porque una moción no siempre se presenta para ganar. A veces se presenta para que cada cual enseñe las cartas que lleva escondidas en la manga.
Y ahí empieza la verdadera función teatral.
Veríamos diputados descubriendo súbitamente que la corrupción es muy grave… aunque no tanto como para perder el coche oficial.
Otros explicarían que apoyan al Gobierno «por responsabilidad», una palabra que en política significa exactamente lo contrario de lo que entiende el diccionario.
No faltarían quienes asegurarían que votar es un acto de conciencia… siempre que la conciencia coincida con el BOE.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplarían el espectáculo con las palomitas en una mano y la declaración de la renta en la otra.
El Partido Popular argumenta que una derrota reforzaría al presidente. Es una posibilidad. Pero también es cierto que hay partidos que no se ganan marcando goles, sino obligando al rival a enseñar dónde tiene la portería.
Porque cuando alguien evita constantemente hacerse una fotografía, suele ser porque no le gusta cómo va a salir.
Y eso vale tanto para unos como para otros.
Al final, la pregunta de Shakespeare sigue más viva que nunca: ser o no ser. Pero aquí la versión española tiene una pequeña adaptación.
¿Presentar o no presentar? Esa es la cuestión.
Mientras unos calculan, otros disimulan, algunos justifican y muchos callan, la política continúa pareciéndose menos a un Parlamento y más a una partida de mus donde todos dicen llevar juego… pero nadie enseña las cartas.
Y ya se sabe que, cuando una partida dura demasiado y nadie quiere abrir, suele ser porque más de uno está jugando de farol.
Porque, al fin y al cabo, en política hay ocasiones en las que perder una votación puede significar ganar el juicio de la Historia… y otras en las que no hacer nada acaba siendo la derrota más difícil de explicar.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 30/06/2026

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