En la primera sesión del juicio contra el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz por un supuesto delito de revelación de secretos, presenciamos el típico contradiós, del absurdo porque ningún miembro de la fiscalía actuaba como fiscal, cuya misión es la persecución de un supuesto delincuente pero…no había huevos para hacerlo.
Ya sé que no se estila, pero durante el gobierno de Sánchez, todo es posible y ayer el procesado por revelación de secretos de los datos fiscales del ciudadano Alberto González Amador se sentó en el banco de los no sospechosos a pesar de que era el único investigado por un delito grave.
El ambiente en esa primera sesión era de “ a ver si hay huevos”… y no los hubo por parte de los colegas más próximos del procesado que al salir de la sala fue ovacionado por un grupo de pelotas, aduladores, o quizás, acojonados.
Lo mejor de todo, en mi opinión, fue la declaración del hombre sin nombre perseguido por un sector de la casta sanchista que por ideología o por miedo, no se atreven a actuar al margen de la consigna y en favor de las pruebas que conducen al cumplimiento de la ley.
González Amador dijo que se había quedado sin nombre… y sin esperanza y solo le quedaba “irse de España o suicidarse”. El consejo que le dio el Presidente del Tribunal creo que sobraba, pero en ningún sitio está escrito que los jueces no hagan chistes con el drama de los justiciables.
La fiscal defensora del único imputado se confrontó con un testigo de apellido Rodríguez que es el mejor polemista y más experimentado asesor del gobierno de Díaz Ayuso, la mujer más votada de España y odiada por la banda de Pedro Sánchez.
Miguel Ángel Rodríguez fue solvente en sus respuestas, y la fiscal defensora del reo, torpe en la formulación de sus preguntas. Daba la sensación, y así era, de sentirse en inferioridad dialéctica con un zorro del desierto curtido en cien batallas.
Ya veremos cómo se desarrollan los siguientes días del juicio a un hombre perseguido por todo el gobierno, sus periodistas, sus fiscales, sus agitadores y mamporreros unidos por una consigna.
Diego Armario