Hubo un tiempo en que Roma entendió que para mantener el control de un vasto imperio no bastaban las legiones. Hacían falta infraestructuras. Y así construyó más de 85.000 kilómetros de calzadas que conectaban cada provincia conquistada con el corazón del poder. De ahí nació el célebre dicho: «Todos los caminos conducen a Roma».
España, siempre innovadora, ha decidido actualizar el concepto. Ya no hablamos de vías empedradas ni de acueductos. Ahora disponemos de sofisticadas autopistas políticas en las que, curiosamente, cada nueva trama de corrupción parece compartir el mismo destino final.
Y no, antes de que alguien saque el álbum de recuerdos de los años ochenta, no estamos hablando de Patrick Swayze ni de sus elegantes pasos de baile. Nos referimos a P.S., el presidente del Gobierno, cuyo nombre aparece una y otra vez orbitando alrededor de diferentes escándalos, como si fuese una especie de rotonda institucional de la que parten y a la que regresan demasiadas carreteras.
Mientras tanto, sus más fervientes seguidores ejercen de fieles devotos de una peculiar religión política en la que disentir es pecado, cuestionar es traición y pedir explicaciones constituye un atentado contra el progreso. El líder, investido de una resistencia casi mística, manual plagiado incluido, continúa interpretando su vals favorito, invitando a toda la sociedad a seguir el compás aunque la orquesta lleve tiempo desafinando.
Sin embargo, hasta el más resistente de los trajes termina mostrando las costuras cuando se le exige demasiado. Y da la impresión de que cada nueva revelación añade una puntada más al cerco que se estrecha alrededor del propio poder.
Existe una cita popular que afirma que una persona inteligente ignora cuando es criticada, escucha cuando es aconsejada y se aleja cuando no es valorada. Pedro Sánchez parece haber hecho una interpretación muy personal del aforismo, domina a la perfección la primera parte, ha extraviado la segunda y desconoce por completo la tercera.
Los romanos tenían una máxima: «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo».
Quizá sería conveniente rescatarla del olvido. Porque en democracia no basta con proclamar la propia inocencia desde el atril; también es necesario ofrecer transparencia, asumir responsabilidades y comprender que el poder no es patrimonio personal, sino un préstamo temporal de los ciudadanos.
Al fin y al cabo, Roma no cayó en un solo día. Se fue deteriorando cuando algunos confundieron las instituciones con su propio reflejo en el espejo del poder.
Y ya se sabe: todos los caminos conducen a Roma… pero cuando demasiados regresan siempre al mismo despacho, quizá haya llegado el momento de revisar el mapa.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Humanidad,

Última Actualización: 15/06/2026

Etiquetado en: