Halloween es esa noche en la que los niños llaman a las puertas disfrazados y preguntan aquello de «truco o trato». Una tradición simpática en la que, para evitar algún susto, los vecinos suelen optar por repartir caramelos.
Lo curioso es que, cuando llegan las campañas electorales, el mecanismo parece bastante parecido, aunque los caramelos se sustituyen por promesas, los disfraces por sonrisas ensayadas y las calabazas por programas electorales que, a veces, nacen ya vacíos.
Los candidatos llaman a nuestra puerta, nos prometen soluciones para todos los males y nos ofrecen un futuro de color de rosa. Si aceptamos el trato, estupendo; si preguntamos por el truco, empiezan las explicaciones, los culpables heredados y las promesas aplazadas.
Y es que en política Halloween dura bastante más de una noche. Hay quienes llevan años cambiando de disfraz sin cambiar de personaje y otros que, después de pedirnos el voto, desaparecen hasta la próxima temporada de sustos.
La diferencia es que los niños se conforman con unas golosinas y los adultos acabamos pagando la factura.
Así que, en estas fechas electorales, convendría mirar bien detrás de la máscara, leer la letra pequeña y recordar que no todas las calabazas iluminan el camino. Algunas simplemente están huecas.
¡Feliz Halloween! Y cuidado con el truco: que el trato lo acabamos pagando nosotros.
Salva Cerezo