Confieso que cuando leí que existen personas que se identifican profundamente como animales no humanos me quedé ojiplático. No por el fenómeno en sí, la humanidad siempre ha tenido vocación creativa, sino por la naturalidad con la que todo se convierte en etiqueta, colectivo y potencial subvención.
Se llaman therians. Personas que no solo aman a los animales, sino que sienten que, en esencia, lo son.
Y aquí uno, que todavía está intentando entender su declaración de la renta, descubre que hay quien ya ha trascendido la especie.
La evolución da un giro inesperado.
Darwin se dejó la barba pensando que evolucionábamos del mono al ser humano.
Lo que no previó es que, en pleno siglo XXI, el proceso pudiera ser reversible por decisión identitaria.
Imagina la escena:
—¿Tú qué eres?
—Yo, lobo.
—¿Y trabajas?
—Aúllo a la luna freelance.
No estamos hablando de disfraces de carnaval. Estamos hablando de una identificación profunda, emocional y espiritual con otra especie. Que uno se sienta libre como un águila, vale.
Que uno diga que es literalmente águila… ahí ya empieza el festival semántico.
La era de la hiperidentidad.
Vivimos tiempos en los que la identidad se ha convertido en el eje absoluto de la conversación pública. Ya no basta con ser. Hay que declararse.
Antes uno decía: “me gustan los gatos”.
Ahora podría decir: “soy gato”.
Y lo siguiente será: “exijo arenero inclusivo en edificios oficiales”.
Y cuidado, que no lo digo desde la burla cruel. Lo digo desde el asombro sociológico. Porque el fenómeno no es aislado, es hijo directo de una cultura donde el yo se ha convertido en territorio soberano, sin frontera biológica.
El cuerpo ya no es límite. Es sugerencia.
¿Y el Estado qué hace?
Aquí viene la parte interesante.
En una sociedad donde cada nueva identidad genera debate jurídico, mediático y político, uno se pregunta:
¿Habrá que adaptar el BOE a las especies?
¿Turnos veterinarios en vez de ambulatorios?
¿Rebaja fiscal por instinto de manada?
Si la identidad es incuestionable por definición, ¿dónde ponemos el límite?
¿En la biología? ¿En la psicología? ¿En la narrativa?
Porque una cosa es respetar la vivencia personal, que siempre debe hacerse, y otra convertir cualquier autoidentificación en categoría normativa.
El espejo de nuestra época.
Quizá el fenómeno therian no sea el problema.
Quizá sea el síntoma.
Una generación hiperconectada, desarraigada, saturada de pantallas y referencias virtuales, que busca pertenencia en cualquier lugar, incluso en el reino animal, y de paso llamar la atención.
En un mundo donde el ser humano se siente cada vez más artificial, más algoritmizado, más manipulado… quizá algunos prefieran identificarse con algo que perciben como más puro, el instinto.
El lobo no tiene hipoteca.
El zorro no declara en Hacienda.
El gato no ve tertulias políticas.
Tentador, ¿verdad?
La gran pregunta
No es si alguien se siente animal.
Es qué dice eso de nuestra sociedad.
Tal vez el verdadero problema no sea que alguien diga “soy lobo”.
Tal vez el problema es que cada vez más personas sienten que ser humano, en esta civilización, no resultaespecialmente atractivo.
Y eso, querido lector, sí que debería hacernos reflexionar.
Porque cuando la realidad se vuelve insoportable, la fantasía se convierte en refugio.
Y si seguimos fragmentando la identidad hasta el infinito, acabaremos descubriendo que el zoológico no estaba fuera… sino dentro.
Salva Cerezo.