Tiene la frente llena de arrugas, como preludio de una decrepitud que se intuye cercana, implacable, inevitable, inmisericorde y devastadora. Porta la nariz mastodóntica, como expresión indiscutible de que un simple rasgo físico, en algunas personas, como es el caso que nos ocupa, puede llegar a convertirse en un atentado contra la estética, sobre todo si ésta es femenina. Airea el pelo rubio, pero es un rubio de bote, como la manifestación más palpable de que todo en ella es postizo, puro artificio, es decir, que todo es mentira.
Su sonrisa, falsa, forzada, hace que entorne sus ojos hasta el ridículo, inundando así de generosas arrugas todo su rostro, quizás para que al no poder ver bien su mirada (ya se sabe que la cara es el espejo del alma), no se pueda apreciar con claridad la miseria que encierra dicha alma, si es que ella posee este atributo espiritual.
La última “hazaña” de esta lerda, porque es una lerda, ha sido insultarnos a los andaluces a cuenta de nuestra alta tasa de paro y sobre nuestra condición, o no, de europeos, olvidando la boba, porque es una boba, que si en Andalucía hay tanto paro es por culpa, sobre todo, de la infame clase política que nos gobierna desde hace ya muchos años.
Desconoce la señora Yolanda Díaz que mis abuelos y mis padres (y como ellos tantos y tantos otros), trabajaron duro, de sol a sol, a veces a cambio de jornales de miseria, para que nosotros, es decir, sus hijos y nietos, pudiéramos vivir con más dignidad que la que ellos pudieron gozar, que fue muy poca.
Desconoce esta tonta, porque es una tonta, que en Andalucía, mi tierra, la tan cacareada Transición no fue un simple cambio de un régimen político a otro distinto, sino que aquí en la Andalucía de mi alma, en apenas veinticuatro horas pasamos de soportar a los caciques de antaño que tanto mal nos causaron, a sufrir a los señoritos de hogaño que son los políticos actuales, que nos siguen tratando a los ciudadanos a patadas, y ella, como política, es una genuina representante de esta nueva casta también caciquil que nos ha tocado padecer en esta bendita tierra.
Estoy totalmente convencido de que la capacidad intelectual de la señora Yolanda Díaz es muy limitada y que su memoria es bastante corta. Si no fuera por ello, convendría recordarle a esta imbécil, porque es una imbécil, que durante el régimen de Franco hubo un ministro, llamado José Solís Ruiz, al que la prensa de la época bautizó como la “sonrisa del régimen”, porque el buen hombre siempre aparecía sonriendo en la televisión, es decir, igual que Yolanda Díaz. Pero hay algunas diferencias entre uno y otra, que yo se las resumo a ustedes de forma sucinta.
José Solís tenía vergüenza, pero Yolanda Díaz no.
Solís tenía una buena preparación académica y aprobó varias oposiciones a lo largo de su trayectoria. Díaz no le ha dado ni un palo al agua en su puñetera vida, pues lo único que ha hecho ha sido vivir del cuento.
Solís entendía la política como un servicio a los ciudadanos. Díaz se sirve de los ciudadanos para vivir sin trabajar, pues su único fin, a nivel político, es decir tonterías, o insultar, como ha hecho recientemente con nosotros los andaluces a cuenta de nuestra alta tasa de paro y sobre nuestra condición, o no, de europeos.
José Solís casi siempre aparecía en la televisión con el mismo traje. Yolanda Díaz tiene un montón de trajes, sobre todo de color blanco, porque debe verse ella mona así, olvidando la mema, porque es una mema, el conocido refrán que afirma que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”; y lo de mona viene aquí que ni pintiparado.
Así es que cuando yo veo en la televisión a la señora Yolanda Díaz, con sus ojos entornados (parece japonesa, pero en feo), con su pelo rubio de bote y, sobre todo, con su frente llena de arrugas, como preludio de una decrepitud que se intuye cercana, implacable, inevitable, inmisericorde y devastadora, siento, no ya asco, que también, sino pena por esta pobre España mía que está en manos de políticos infames, como ella, cuya última “hazaña” ha sido reírse de mi tierra: Andalucía, que nunca se ha librado del yugo opresor, antaño de los caciques, y hogaño de los nuevos señoritos que son los políticos actuales.
Ahí tienen ustedes a Yolanda Díaz como el mejor ejemplo, aunque no el único, de lo que digo.
Blas Ruiz Carmona (ÑTV España)