En España hay tres formas de enterrar a un muerto famoso, o al menos suficientemente conocido: lamentar que se haya ido, celebrar que ya no esté o ponerle a parir por cómo vivió , y esta última opción me parece indigna porque la técnica del sí pero no es propia de personajes rastreros que nunca tuvieron arrestos para criticar al finado en vida, por miedo a salir escaldados en el lance.
Siempre hay algún ocioso desocupado dispuesto a proferir insidias contra un escritor muerto para afearle su condición de fabulador descarado con la vida de los otros y desvergonzado cuando habla de sí mismos, porque mentir es un privilegio que su oficio les concede.
De eso trata la literatura porque no es lo mismo escribir ensayos o enciclopedias para el ego del autor y el aburrimiento de sus lectores, que inventarse historias y personajes con los que poder soñar.
No tengo nada que objetar a las reglas de este oficio, pero a los que nunca publicaron una novela y critican a los finados que lo hicieron, les sugiero que sigan un buen consejo de Mus que invita a que los mirones sean de piedra, den tabaco y se callen como barraganas.
Reconozco que no me llevo con algunos colegas del vicio de escribir y los ignoro por insoportables o mezquinos, pero nunca he escrito una sola línea contra el trabajo que hacen, porque hay que separar al autor de su obra y a su mala baba de sus aciertos porque la literatura está plagada de ejemplos de grandísimos hijos de pita que escribían como Dios.
Estas sabias y moderadas reflexiones las escribo a propósito del fallecimiento de Fernando Sánchez Dragó que ha muerto a los 86 años después de haber publicado más de cuarenta libros, haber hecho numerosos programas culturales y de entrevistas en Televisión ser padre de cuatro hijos de distintas mujeres con las que se casó y haber sido hasta el último día de su vida un hombre de pensamiento libre en una sociedad de ideas hipotecadas.
En vida le pusieron a parir los que nunca pasaron por las cárceles de la dictadura como él y otros antiguos miembros del Partido comunista y a la hora de su muerte han resucitado los del sí pero no para hacerse un hueco en el obituario.
Recuerdo un día en el que Sánchez Drago fue a una comida de gente de la farándula y un par de ellos se levantaron diciendo que no comían con ese hijo de puta. Nunca he querido entender el odio de los mediocres.
Sánchez Dragó fue un libertino y un libertario
Diego Armario