Dicen los sabios del refranero español que uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios.
En política, sin embargo, parece que lo segundo cotiza a la baja y lo primero se practica con entusiasmo suicida. Porque si algo estamos comprobando últimamente es que, en este país, más que morir de éxito, se muere… de declaración.
El panorama judicial ha alcanzado tal nivel de surrealismo que uno ya no sabe si está viendo un telediario o una reposición de “Cuéntame cómo pasó”, pero en versión judicial y con guion de Berlanga.
La imputación de Begoña Gómez con una petición de 24 años de prisión ha caído como una piedra en el estanque político, generando más ondas que explicaciones. Y claro, cuando el agua se agita, empiezan a salir peces… y alguno se muerde la lengua en el intento.
Por si faltaba salsa al guiso, la posible declaración como testigo de Pedro Sánchez añade ese toque dramático que tanto gusta en la política patria: el presidente pasando de dar ruedas de prensa sin preguntas a tener que responderlas… pero ante un juez. Un formato novedoso, sin duda. Más directo, menos editable.
Mientras tanto, en otro rincón del escenario, el juez Peinado decide querellarse tras el juicio contra el ministro Bolaños por aquellas declaraciones tan poco cariñosas hacia su señoría. Porque, claro, en este país puedes discutir de fútbol, de política o de tortilla con cebolla, pero meterse con un juez… eso ya es deporte de alto riesgo.
Y aquí es donde el refrán cobra todo su sentido. Porque en esta tragicomedia nacional, lo que empieza como una declaración altiva acaba convertido en prueba documental. Lo que se dice para ganar un titular termina alimentando un auto judicial. Y lo que se lanza como defensa política regresa como bumerán jurídico.
La política española ha descubierto, quizá demasiado tarde, que hablar sin medir las consecuencias tiene efectos secundarios. Que el micrófono no solo amplifica el mensaje, sino también los errores.
Y que, al final, entre tanto ruido, tanto discurso grandilocuente y tanta superioridad moral, siempre aparece alguien tomando nota… con toga.
Así que sí, “por la boca muere el pez”. Pero en este caso, no hablamos de uno solo, sino de un acuario entero, donde cada pez compite por ver quién abre más la boca… sin darse cuenta de que el anzuelo ya está dentro.
Y mientras tanto, el ciudadano observa, entre el asombro y la resignación, cómo la política se convierte en un concurso de declaraciones imprudentes con premio final en los tribunales. Porque aquí ya no gana el que mejor gobierna, sino el que mejor sobrevive a lo que dijo ayer.
Al final, lo único claro es que en este país no hace falta oposición, basta con un micrófono abierto.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 21/04/2026

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