Hay un viejo dicho español que asegura que «la mierda, cuanto más se remueve, más huele». Y visto el panorama político nacional, parece que alguien ha decidido instalar una excavadora industrial sobre el estercolero y trabajar a tres turnos.
Cada mañana amanece con una nueva entrega de la serie de moda: La Trama. Un capítulo aparece protagonizado por Leire, otro por Santos Cerdán, otro por informes de la UCO que apuntan hacia arriba, muy arriba, hasta llegar al misterioso personaje conocido como «el one». Un apodo que parece sacado de una película de mafiosos de bajo presupuesto, pero que tiene a medio país preguntándose quién dirige realmente la orquesta mientras los músicos desafinan.
Por si fuera poco, el hermano del presidente se encuentra también inmerso en sus propios problemas judiciales, convirtiendo el árbol genealógico en una especie de sucursal de los tribunales.
A estas alturas, encontrar un miembro de la familia que no haya aparecido en titulares empieza a parecer una búsqueda arqueológica.
Sin embargo, en medio de la tormenta, surge la figura del presidente. Impasible. Inmutable. Indestructible.
Mientras los escándalos caen a su alrededor como granizo en una tormenta de verano, Pedro Sánchez aparece una vez más ante los micrófonos para anunciar que presentará los presupuestos de 2027. No los de 2026. Los de 2027. Porque cuando uno domina el arte de sobrevivir políticamente, ya no gobierna el presente; gobierna directamente el futuro.
Los científicos estudian las cucarachas por su capacidad para resistir catástrofes nucleares. Quizá deberían empezar a estudiar también el «sanchismo», porque lo suyo desafía las leyes conocidas de la física política. Lo que habría tumbado veinte veces a cualquier otro dirigente parece fortalecerlo como si absorbiera energía directamente del escándalo.
Cada informe judicial, cada revelación, cada audio y cada investigación parecen funcionar como una vitamina institucional. Cuanto peor pinta el panorama, más convencido aparece de seguir adelante.
Y así llegamos al lema no oficial de esta legislatura: «Yo sigo».
Los más veteranos recordarán aquella frase inmortal del humorista Joe Rigoli en los años setenta: «Yo sigo». Una expresión que servía para cualquier situación absurda. Se caía el decorado: yo sigo. Se apagaban las luces: yo sigo. Desaparecía el público: yo sigo.
Hoy la política española parece haber adoptado la misma filosofía.
La oposición protesta. Los jueces investigan. Los informes aparecen. Los escándalos se acumulan. Los socios amenazan. La opinión pública se indigna.
Y desde el Palacio de La Moncloa llega siempre la misma respuesta:
—¿Dimitir?
—Yo sigo.
—¿Convocar elecciones?
—Yo sigo.
—¿Explicar algo?
—Yo sigo.
Porque al final, cuando el olor empieza a extenderse por todo el vecindario, siempre queda la esperanza de que los ciudadanos pierdan el olfato antes que el poder.
Y mientras tanto, la excavadora continúa removiendo.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 05/06/2026

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