España vuelve a ser noticia internacional. Y no por descubrir la vacuna contra el cáncer, reducir el paro juvenil o lograr que Hacienda nos devuelva algo sin pelearlo en un juzgado. No. Esta vez el éxito nacional consiste en un despliegue mastodóntico de más de quinientos policías, otros tantos sanitarios y una cobertura mediática mundial para gestionar una nueva crisis epidemiológica en
Canarias. Hollywood ya prepara la secuela una nueva película: “Fast & Furious: Salvamento en el barco”.
Eso sí, hay que reconocer que somos un país ejemplar. Mientras otros levantan fronteras, nosotros levantamos carpas, cocinas de campaña y dispositivos médicos con una rapidez que ya quisieran para las listas de espera hospitalarias. Para traer un especialista a un ambulatorio hacen falta seis meses y tres oposiciones; para montar un operativo humanitario, España despliega más medios que en una cumbre de la OTAN o en la persecución de narcolanchas.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿todo esto quién lo paga? Porque el “buenismo” queda muy bonito en los discursos, especialmente cuando se pronuncia desde un atril con aire acondicionado y coche oficial esperando en la puerta. Pero la factura siempre acaba llegando al ciudadano que madruga, paga impuestos y empieza a sospechar que trabaja más para mantener relatos ideológicos que servicios públicos.
Mientras tanto, Canarias y España se convierte en escaparate mundial. Las imágenes recorren televisiones internacionales y España vuelve a aparecer como el país solidario, acogedor y comprensivo. Tan comprensivo, de hecho, que uno empieza a pensar que aquí el único colectivo sin protección es el contribuyente.
Y en medio de este festival de penitencia permanente aparece el episodio mexicano con Isabel Díaz Ayuso. La presidenta madrileña tuvo que abandonar México tras el boicot institucional a una conferencia. Curioso destino el de España que pide perdón eternamente por haber llevado una civilización entera a un continente… mientras quienes nos insultan hablan precisamente en español y celebran congresos en edificios levantados por esa misma historia que demonizan.
La obsesión por pedir perdón se ha convertido en deporte nacional. Perdón por descubrir América. Perdón por evangelizar. Perdón por existir. A este ritmo, cualquier día veremos al Ministerio de Exteriores enviando cartas de disculpa a los romanos por haber ocupado Numancia.
Resulta fascinante comprobar cómo algunos gobiernos extranjeros utilizan el viejo resentimiento histórico como herramienta política, mientras aquí determinados dirigentes se suman encantados al autoflagelo. Porque nada da más prestigio moral hoy que despreciar tu propia historia. Si Colón hubiera salido ahora de Palos de la Frontera, antes de embarcar tendría que asistir a un curso de reeducación multicultural y pedir consentimiento notarial al océano Atlántico.
El problema es que entre tanto gesto simbólico y tanto sentimentalismo institucional, la realidad sigue avanzando. Barrios saturados, servicios tensionados, inseguridad creciente y ciudadanos que empiezan a preguntarse si gobernar consiste en resolver problemas… o simplemente en posar delante de ellos con expresión compungida.
Quizá la diferencia entre el buenismo y la idiotez sea muy simple, el buenismo intenta ayudar; la idiotez insiste en hacerlo aunque destruya aquello que pretendía proteger. Y España, últimamente, parece empeñada en demostrar al mundo que puede practicar ambas cosas al mismo tiempo.
Salva Cerezo