España ha alcanzado un nivel político tan sofisticado que ya no gobiernan los programas electorales, ni las ideologías, ni siquiera el sentido común. Ahora se gobierna con una mezcla de supervivencia, propaganda y manual de daños reputacionales. Todo muy moderno. Muy europeo. Muy resiliente.
Mientras el PSOE se hunde en las encuestas andaluzas más rápido que un flotador de plomo, la solución estratégica parece consistir en sacrificar ministros como quien cambia fusibles quemados.
Hoy cae una, mañana otra, pasado se reorganiza el relato y aquí no ha pasado nada. La política española ya no tiene Consejo de Ministros; tiene casting semanal.
Eso sí, cuando vienen mal dadas, siempre queda un recurso infalible, colocar a la Guardia Civil delante del toro para amortiguar el golpe mediático. En este país las responsabilidades políticas son como los fantasmas, que todo el mundo habla de ellos, pero nadie los ha visto jamás.
Y mientras tanto, el asunto del hantavirus se ha convertido en otro episodio de esa serie nacional titulada “Chapuzas con apariencia institucional”. Protocolos cambiantes, decisiones discutibles, sospechas de improvisación y una sensación general de que el criterio científico depende demasiado del argumentario político del día. Porque aquí ya no se gestiona una crisis sanitaria, se gestiona la imagen de la crisis sanitaria.
La Comunidad de Madrid y Canarias han acabado convertidas en punching ball administrativo mientras desde arriba se despliega el ya clásico operativo de “tranquilidad oficial”, consistente en repetir veinte veces que todo está controlado justo antes de descubrir que no lo estaba.
Pero lo verdaderamente admirable es la capacidad del poder para reinventarse. Cuando el barco hace agua, algunos no buscan cubos… buscan despacho internacional. Ahí aparece la OMS como tierra prometida, retiro dorado o tabla de salvación burocrática. Porque nada simboliza mejor la política moderna que fracasar hacia arriba.
Y así contemplamos un despliegue mediático sin precedentes donde cada comparecencia parece rodada por Netflix con luces, dramatismo, palabras solemnes y muchas frases vacías. Solo falta la banda sonora de Titanic mientras la orquesta sigue tocando en cubierta y los ciudadanos buscan chalecos salvavidas entre impuestos, inflación y escándalos.
Decía Ramón y Cajal que “el arte de vivir mucho es el arte de no morir antes de tiempo por imprudencia”. Viendo el panorama nacional, convendría añadir otra reflexión: el arte de durar en política consiste en lograr que otro firme las imprudencias mientras uno prepara discretamente el siguiente cargo.
Y en eso, hay auténticos virtuosos.
Salva Cerezo