España siempre tuvo debilidad por los culebrones políticos, pero últimamente hemos superado el nivel de House of Cards y ya estamos directamente en “Narcos con paella”. Porque lo de ciertas amistades internacionales de nuestros próceres patrios empieza a parecer menos diplomacia y más casting para una secuela de El Padrino bolivariano.
Ahí tenemos al incombustible José Luis Rodríguez Zapatero, convertido ya en una especie de Willy Fog geopolítico, pero en vez de recorrer el mundo en 80 días, lo hace entre Caracas, Pekín y los despachos de empresarios con más sociedades que un Monopoly amañado. Según diversas investigaciones recientes, aparecen nombres que parecen sacados de una novela de espías, Julio Martínez, Delcy Rodríguez, Fangyong Du y hasta Alex Saab, considerado durante años el gran operador financiero del chavismo.
Uno ya no sabe si está leyendo prensa política o el menú degustación de una cumbre de villanos de James Bond.
La cosa tiene su poesía. Mientras el ciudadano español pelea con la hipoteca, el aceite de oliva y el precio del café, nuestras élites políticas se relacionan con personajes que se mueven entre petróleo venezolano, negocios internacionales, consultoras “estratégicas” y amistades peligrosamente rentables. Todo muy progresista, muy solidario y muy multicultural, eso sí.
Porque hoy el internacionalismo de izquierdas ya no consiste en llevar una camiseta del Che Guevara. No. Ahora parece consistir en tomarse un café con Delcy Rodríguez mientras alguien redacta un contrato en Dubái y otro revisa cargamentos de crudo con empresarios chinos. La globalización, pero con olor a queroseno venezolano.
Y mientras tanto aparece Gabriel Rufián asomando las patitas como quien no quiere la cosa, postulándose para liderar un nuevo frente de izquierdas. Porque en España, cuando un proyecto político empieza a hundirse, no se disuelve, se cambia de nombre y se le pone “frente”, “movimiento” o “plataforma”. Como los yogures caducados, pero con marketing inclusivo.
Rufián, que lleva años viviendo de incendiar España desde el atril mientras cobra del Estado que desprecia, ahora parece dispuesto a convertirse en el nuevo mesías del “progresismo indignado”. Un hombre capaz de hablar de antifascismo desde un iPhone ensamblado en Asia mientras pacta con quienes consideran España poco menos que un accidente histórico.
Y claro, el ciudadano empieza a sospechar que aquí el problema no es la ideología. El problema son las compañías.
Porque dime con quién negocias petróleo y te diré cuánto dura tu discurso ético.
La política española ha entrado en una fase donde ya no se distinguen los límites entre activismo, negocio, propaganda y supervivencia personal. Todo se mezcla en una batidora donde unos hablan de democracia mientras se abrazan a regímenes dudosos, otros hablan de libertad mientras colocan a los suyos, y algunos directamente hacen turismo ideológico con cargo a la nostalgia revolucionaria.
Eso sí, luego nos dirán que el verdadero peligro para España es el ciudadano que protesta en un bar tomando café con tostada.
A este paso, el próximo Consejo de Ministros podría celebrarse en Caracas, patrocinado por PDVSA y con traducción simultánea al mandarín.
Porque en esta España nuestra ya no hay amistades peligrosas.
Hay amistades… estratégicamente petroleras.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 22/05/2026

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