Mientras Zapatero se cuece a fuego lento, haremos un poco de historia.
España siempre ha sido tierra de mezclas. Aquí han pasado Celtas, Íberos, Romanos, Fenicios, Visigodos, árabes, franceses y hasta turistas ingleses en chanclas con calcetines blancos. Somos como una paella histórica donde cada uno echó lo suyo y luego nadie quiso fregar la sartén.
Pero entre todos los pueblos que llegaron y acabaron formando parte del paisaje nacional, hay uno que convirtió el mestizaje en arte, el sufrimiento en música y la supervivencia en filosofía de vida, el pueblo gitano.
Llegaron allá por 1425, entrando por Zaragoza, cuando todavía no existían tertulianos políticos cobrando por gritar en televisión ni influencers enseñando desayunos ecológicos de doce euros la tostada. Venían en familia, con niños, abuelos, mulas y una estructura social basada en algo que hoy parece ciencia ficción, la protección mutua.
Porque el gitano venía acompañado de su clan, no de un abogado de ONG con subvención europea bajo el brazo.
Mientras hoy nos venden la inmigración como un catálogo multicultural patrocinado por Netflix, conviene recordar que el pueblo gitano pasó siglos enteros soportando persecuciones, marginación y prohibiciones sin perder jamás sus raíces ni pretender cambiar las del país que los acogió.
Y ahí está la gran diferencia.
El gitano no aterrizó diciendo que España debía adaptarse a él; fue él quien acabó formando parte de España. Con sus virtudes, sus defectos, su carácter y su identidad. Pero integrándose culturalmente hasta el punto de que hoy sería imposible entender Andalucía sin el flamenco, las palmas, el duende o ese “ole” que ya vale más que cien discursos del Congreso.
Porque mientras algunos políticos descubren ahora la “riqueza cultural” desde un despacho climatizado, el pueblo gitano ya llevaba siglos enriqueciéndonos sin necesidad de ministerios de inclusión, observatorios de convivencia ni asesores interculturales cobrando dietas.
Y además nos dejaron palabras que usamos todos los días sin enterarnos. Ahí está el caló, infiltrado en nuestro lenguaje como un okupa simpático:
“Nasti de plasti”,
“parné”,
“curro”,
“chaval”,
“gachó”,
“sobar”…
Vamos, que media España habla gitano sin saberlo mientras presume de inglés de academia low cost.
Pero quizá lo más llamativo sea el respeto a los mayores. Algo que hoy parece más antiguo que un VHS. En muchas familias gitanas, el anciano sigue siendo sabiduría, referencia y autoridad moral.
En la España moderna, en cambio, al abuelo se le aparca delante de la televisión mientras TikTok educa a los nietos y el Congreso legisla sobre emociones de temporada.
También conservan una fortísima protección familiar. Porque para ellos la familia no es un concepto de anuncio navideño de perfume caro; es una red de supervivencia real. Algo que en Occidente hemos sustituido por grupos de WhatsApp silenciados y psicólogos de urgencia emocional.
Claro que el progresismo oficial jamás sabrá cómo encajar esto. Porque el gitano rompe todos los esquemas ideológicos modernos, es profundamente tradicional, religioso, orgulloso de sus raíces y ferozmente familiar. Vamos, el terror estadístico de cualquier sociólogo subvencionado.
Y mientras tanto, España sigue debatiéndose entre complejos históricos y experimentos sociales improvisados, sin entender que integrar no significa borrar identidades ni convertir el país en un parque temático multicultural donde nadie comparte nada salvo las ayudas públicas.
El pueblo gitano, con todas sus contradicciones como cualquier otro, demostró algo muy simple, como es que uno puede mantener sus raíces y al mismo tiempo formar parte del alma de una nación.
Y eso, en estos tiempos de plástico ideológico y discursos prefabricados, sí que no tiene copia china.
Nasti de plasti.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 21/05/2026

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