España ya no desayuna café con tostadas. España desayuna sobresaltos judiciales, pactos imposibles y reclamaciones millonarias. El menú nacional viene siendo una mezcla entre sainete castizo, thriller político y episodio premium de “Aquí no dimite ni el apuntador”. Todo ello regado con tertulianos hiperventilando y focas palmeras aplaudiendo según el color del pienso ideológico del día.
En Andalucía, mientras tanto, el señor Juan Manuel Moreno ha descubierto la ley más antigua de la política española del que nunca escupas hacia arriba porque el viento cambia. Después de una campaña electoral donde VOX era poco menos que el caballo de Atila con pulsera rojigualda, ahora resulta que para la investidura son compañeros de pupitre, socios circunstanciales y casi primos de Zumosol.
Lo que viene siendo el clásico “si no quería caldo, tres tazas”. Y bien llenas. Porque en política española las líneas rojas duran menos que un helado en agosto. Aquí uno llama extremista a otro por la mañana y por la tarde comparte canapé institucional y reparto de consejerías. El electorado ya no vota programas; vota temporadas de supervivencia.
Pero el plato fuerte venía después. La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por el caso Plus
Ultra ha caído como una bombona de butano en un convento de clausura. Nada menos que la Audiencia Nacional y la UDEF investigando presuntos cobros ilegales y blanqueo. Una escena que hace años habría parecido ciencia ficción y hoy entra directamente en la rutina informativa del café. Otra más. El pan nuestro de cada día.
Y claro, uno recuerda aquellos tiempos donde algunos presentaban a Zapatero como el mesías de la sonrisa permanente, el poeta de la alianza de civilizaciones y el hombre capaz de resolver crisis económicas negando que existieran. Porque esa fue otra, mientras el país se despeñaba, él seguía sonriendo como el violinista del Titanic.
No hacía falta ser Nostradamus para intuir que detrás de tanta propaganda buenista podía acabar apareciendo un festival de sombras chinescas. Lo sorprendente no es la investigación; lo sorprendente es que todavía haya quien se sorprenda.
Ahora faltará escuchar la frase mágica del sanchismo moderno: “yo no sabía nada”. La misma defensa que en España sirve para ministros, asesores, novios, fiscales generales, cuñados, chóferes y hasta para el que llevaba las bolsas. Aquí nadie conoce a nadie hasta que aparecen los autos judiciales. Después empiezan las fotos borradas, las agendas extraviadas y las amnesias selectivas dignas de un congreso internacional de neurología.
Eso sí, las focas palmeras ya han salido sincronizadas desde sus platós y redes sociales. Unas aplauden con las aletas mientras otras hablan de conspiraciones, cloacas y persecuciones planetarias. Porque en España la corrupción nunca es corrupción propia: siempre es “lawfare” cuando le toca a los tuyos.
Y cuando parecía que el espectáculo no podía mejorar, entra Shakira por la puerta con una reclamación de 60 millones más costas e intereses. Sesenta millones por un “pequeño error” de veinte días de residencia fiscal. Veinte días. Lo justo para unas vacaciones largas o para que la Administración española decida convertirte en contribuyente premium a la fuerza.
Aquí Hacienda funciona como ese cuñado en bodas que primero te abraza y luego te vacía la cartera diciendo que es por tu bien. Después de años de persecución mediática, titulares incendiarios y ejemplaridad tributaria televisada, ahora resulta que quizá alguien calculó mal el calendario.
Cosillas sin importancia. Pecata minuta.
La pregunta es inevitable: ¿dimitirá alguien?
No.
¿Devolverán las comisiones o incentivos quienes participaron en semejante atropello?
Tampoco.
¿Pedirá alguien disculpas públicas?
Ni en sueños.
En España la responsabilidad política es como el unicornio, todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto jamás. Aquí se asciende más rápido por equivocarse que por acertar. Y cuanto mayor es el escándalo, mayor suele ser el cargo posterior.
Mientras tanto, el ciudadano corriente contempla este circo pagando impuestos, hipotecas, gasolina, luz, agua y paciencia. Mucha paciencia. Porque al final uno ya no sabe si vive en una democracia moderna o en una comunidad de vecinos dirigida por los hermanos Marx.
Y así seguimos, entre pactos imposibles, expresidentes investigados, reclamaciones millonarias y gobiernos que siempre prometen regeneración mientras riegan el país de sospechas, propaganda y relato.
El pan nuestro de cada día.
Y cada vez más duro de tragar.
Salva Cerezo