Dicen que en Andalucía empieza a oler a cambio político. Ese aroma que unos describen como “viento fresco” y otros como “se acercan las rebajas porque esto está para liquidación”. Pero claro, una cosa es ganar unas elecciones y otra muy distinta heredar el cortijo después de años de administración creativa, fontanería ideológica y reparto de sillones con denominación de origen.
Porque el problema ya no es quién entra en San Telmo o en La Moncloa. El problema es qué se encuentra cuando abre los cajones.
Y ahí aparece el auténtico protagonista nacional: el perro del hortelano versión institucional. Ese que ni gobierna pensando en el futuro, ni deja gobernar al que venga detrás. La política española ha perfeccionado un nuevo modelo de gestión, si el barco se hunde, se agujerea un poco más antes de abandonar el puente, no vaya a ser que el siguiente consiga reflotarlo y encima le den las gracias.
La herencia promete ser apasionante. Un país con más asesores que mecánicos, más observatorios que observadores y más cargos de confianza que confianza a secas. Una deuda pública disparada por encima del 120%, sostenida milagrosamente como esos edificios viejos apuntalados con vigas que desde fuera parecen históricos y por dentro están sujetos con cinta americana y subvenciones europeas.
Pero lo verdaderamente inquietante no es la deuda. Es de quién depende esa deuda. Porque cuando el 80% está en manos extranjeras, uno deja de ser propietario de su casa para convertirse en inquilino con hipoteca emocional. Aquí ya no se gobierna mirando al BOE, sino mirando la prima de riesgo, Bruselas, los mercados y el humor de cuatro fondos internacionales desayunando croissants en Luxemburgo.
Y mientras tanto, nuestros líderes continúan hablando de soberanía con la misma convicción con la que un adolescente presume de independencia viviendo con la tarjeta de crédito de sus padres.
La política Frankenstein ha llegado a niveles de ingeniería dignos de Hollywood. Partidos que hace diez minutos se llamaban fascistas, bolivarianos, ultras, corruptos o enemigos de la democracia, ahora comparten mesa, presupuesto y coche oficial con la naturalidad de una cena de empresa regada con Rioja subvencionado.
Ya no existen ideologías; existen supervivencias. El programa electoral dura exactamente lo mismo que un helado en agosto. Después llega el verdadero pacto nacional del “tú me mantienes en el poder y yo te concedo lo que haga falta”. Competencias, amnistías, privilegios fiscales o ministerios inventados. Todo cabe en la tómbola del consenso si el sillón peligra.
El ciudadano, mientras tanto, asiste a este espectáculo como quien contempla una comunidad de vecinos gestionada por piratas del Caribe con máster en marketing institucional. Trabaja, paga impuestos, soporta inflación, alquileres imposibles y servicios públicos colapsados… mientras escucha que la economía va “como una moto”. Debe de ser una Vespa cuesta abajo y sin frenos.
Y ahora llega la gran pregunta: ¿podrá realmente gobernar alguien con autonomía? ¿O el próximo ejecutivo será simplemente el nuevo rehen encargado de administrar la ruina con una sonrisa distinta?
Porque cuando un país se acostumbra a colocar militantes antes que profesionales, propaganda antes que gestión y relato antes que realidad, el problema deja de ser electoral para convertirse en estructural.
Quizá por eso España ya no parece una democracia moderna, sino una gigantesca partida de cartas marcadas donde los jugadores cambian, pero el casino siempre gana.
Y al final, como en el viejo refrán, el perro del hortelano ni come ni deja comer… aunque en esta versión patria, además deja la nevera vacía, la cocina hipotecada y la factura a nombre del siguiente.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 19/05/2026

Etiquetado en:

,