Dicen que el mundo pertenece a los valientes, a los sabios o a los visionarios. Mentira. El mundo, hoy por hoy, pertenece a los necios. A los que confunden propaganda con liderazgo, postureo con política y fuegos artificiales con gestión. Y España, cómo no, se ha convertido en el parque temático perfecto de esa tragicomedia.
Mientras Donald Trump y la todopoderosa China juegan su partida de ajedrez geopolítico para repartirse la influencia mundial como quien reparte parcelas en una urbanización, la OTAN le pide a España más inversión militar ante la amenaza rusa. Algo lógico cuando medio planeta anda enseñando los dientes y el otro medio fabricando misiles como si fueran rosquillas.
Pero aquí, en nuestra maravillosa piel de toro, el gran debate nacional no es la defensa, ni la seguridad, ni el narcotráfico que ya empieza a llamar a la puerta como un comercial insistente de fibra óptica. No. Aquí el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decide enfundarse la capa moral de salvador universal y lanzar un vídeo justificando la postura española sobre Eurovision Song Contest para demostrar que estamos “en el lado correcto de la historia”.
Claro que sí. Porque cuando no tienes presupuestos, las urnas empiezan a sonar como tambores de funeral y la Guardia Civil anda falta de medios frente al narcotráfico, lo mejor es sacar el megáfono ideológico y confiar en que el ruido tape el incendio.
Y mientras tanto Andalucía habla. Otra vez. Pero ya se sabe que perder elecciones para el PSOE empieza a ser una tradición más española que el Canon de Pachelbel en una boda, el cuñado discutiendo de política en Nochebuena o el camarero diciendo “marchando una de calamares”. La diferencia es que ahora las derrotas no se interpretan como un aviso, sino como una simple molestia estadística que se puede maquillar con vídeos emocionales, relato épico y alguna comparecencia solemne mirando al infinito.
La sensación de hartazgo empieza a ser visible incluso entre quienes antes defendían este proyecto con entusiasmo casi religioso. Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta sobrevivir políticamente a cualquier precio, aunque para ello haya que hipotecar instituciones, tensar la convivencia o convertir la dignidad política en saldo de mercadillo.
Confucio dijo: “El gobernante virtuoso es como la estrella polar: permanece en su lugar mientras todas giran en torno a él”.
El problema es que aquí la brújula hace tiempo que perdió el norte, la estrella polar está cubierta de propaganda y el barco parece gobernado por una orquesta tocando el violín mientras entra agua por todas partes.
Y aun así nos dicen que todo va bien.
Quizá por eso el mundo es de los necios. Porque los sensatos hace tiempo que dejaron de gritar y los irresponsables aprendieron a convertir el ruido en poder.
Salva Cerezo