Vivimos en una época maravillosa. Antes hacían falta periodistas de investigación, grabadoras ocultas y meses de seguimiento para destapar un escándalo político. Hoy basta con un jubilado aburrido, un móvil con batería y una terraza con vistas al buffet del hotel. España ha democratizado el periodismo de investigación, del Watergate hemos pasado al “WhatsAppgate”.
Y así, entre mojitos, chanclas y media pensión, aparece Chus Montero en un hotel de Las Salinas, en Cabo de Gata, haciendo vida sentimental con Vicente Fernández Guerrero, expresidente de La Epi. El mismo que fue destituido por unas “pequeñas irregularidades” de más de cien millones de euros de nada y un patrimonio de cinco millones. Una minucia administrativa, un despiste de contabilidad como quien pierde un ticket del Mercadona.
Lo fascinante no es eso. Lo fascinante es la capacidad camaleónica de nuestra política. Primero no conocen a alguien. Luego resulta que sí lo conocían. Después lo destituyen indignadísimos. Más tarde le encuentran acomodo en otra empresa vinculada al ecosistema del poder. Y finalmente terminan compartiendo sobremesas, confidencias y posiblemente crema solar factor 50. España no tiene puertas giratorias; tiene carruseles emocionales.
Y aparece Servinabar, la empresa vinculada a Santos Cerdán, como si todo fuera una serie de Netflix escrita por Torrente y dirigida por Berlanga. Porque aquí las tramas ya no necesitan guionistas: se redactan solas en el BOE y se corrigen en hoteles con encanto.
Por si faltaba alguien en este festival de conexiones imposibles, también surge Leyre Díaz orbitando alrededor del asunto. Esto ya no parece una trama política; parece el árbol genealógico de una boda gitana mezclado con una junta de accionistas.
Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo pagando religiosamente impuestos, gasolina, hipotecas imposibles y bolsas del supermercado a precio de lingote suizo. Y encima debe escuchar que todo son “bulos”, “fango” o “ataques a la democracia”. Claro. Porque ahora resulta que grabar la realidad es conspiranoia y que las coincidencias son una afición nacional.
Lo verdaderamente preocupante para el poder no es la corrupción. Eso se gestiona. Lo peligroso son las cámaras. Las redes sociales y la prensa libre se han convertido en el gran enemigo porque ya no necesitan permiso para enseñar lo que ocurre. Antes el político controlaba el relato; hoy le controla el camarero del chiringuito con un iPhone.
Y mientras la bola crece en el corazón del Gobierno como una película de ciencia ficción de serie B, la pregunta sigue flotando en el ambiente: ¿de verdad llegarán al final de la legislatura? Porque la sensación ya no es de desgaste político; es de gotera estructural. Y cuando el techo empieza a caer, ya no basta con poner cubos debajo.
Decía Hermann Hesse que “ser inteligente es bueno, pero ser paciente es mejor”. Y razón no le faltaba. Porque en España la paciencia ciudadana es infinita… hasta que deja de serlo. Esta sociedad empieza a estar harta de que la gente con carrera se dedique a los servicios y los que carecen de estudios se instalen en la política.

Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 16/05/2026

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