O cuando la fe mueve más votos que montañas.
Decía el refrán que «nunca digas de este agua no beberé». Y en política española habría que añadir: ni «de esta misa no saldré fotografiado».
Porque he aquí el prodigio del siglo XXI. La Sagrada Familia, esa maravilla arquitectónica concebida por Gaudí en 1882 y levantada piedra a piedra durante generaciones como legado cultural y espiritual, ha logrado lo que parecía imposible, obrar el milagro de reunir bajo las bóvedas del templo a quienes hasta ayer practicaban un laicismo militante digno de opositar al anticlericalismo ilustrado.
Allí apareció Pedro Sánchez, acompañado por catorce de sus más fieles palmeros y por la imputada Begoña Gómez, descubriendo de repente que la liturgia también tiene tirón mediático cuando hay cámaras, incienso y un Papa recién estrenado. Porque una cosa es defender la separación entre Iglesia y Estado, y otra muy distinta dejar escapar la oportunidad de aparecer en la foto del acontecimiento del año.
Y es que la política moderna ha sustituido la conversión espiritual por la conversión estadística. Ya no importa tanto salvar almas como mejorar encuestas.
Por si el milagro necesitaba una segunda parte, el Papa León XIV tuvo la osadía de referirse a Cataluña como «una bonita región de España». Una frase inocente para cualquier atlas geográfico, pero suficiente para provocar una crisis existencial en determinados sectores del independentismo, que llevan décadas intentando demostrar que la gravedad funciona de forma diferente al otro lado del Ebro.
No obstante, el verdadero misterio no sucedió en la basílica, sino fuera de ella.
En un homenaje al exfiscal general García Ortiz, condenado por el Tribunal Supremo, apareció Óscar López, ese ministro con más cabeza que inteligencia, ejerciendo de equilibrista institucional.
Con la solemnidad del que reparte certificados de virtud desde un púlpito improvisado, volvió a acusar a algunos jueces de prevaricación, olvidando un pequeño detalle sin importancia: que quien había condenado al homenajeado no fue precisamente el portero del edificio, sino el máximo órgano jurisdiccional del país, el Tribunal Supremo.
Pero ya se sabe que, en ciertos ambientes políticos, la justicia solo es independiente cuando dicta sentencias favorables. Cuando no lo hace, automáticamente se transforma en una oscura conspiración judeomasónica, togada y reaccionaria.
El refrán dice que «no hay peor ciego que el que no quiere ver». Aunque, visto lo visto, quizá haya que actualizarlo: no hay peor ciego que el que sí ve, pero prefiere hacerse el despistado si la fotografía sale desfavorecedora.
Mientras tanto, España continúa asistiendo perpleja a esta representación permanente donde el guion cambia según la conveniencia del día. Los defensores del laicismo descubren repentinamente el valor de la tradición religiosa; los adalides de la separación de poderes cuestionan a los jueces cuando no les dan la razón; y los independentistas se indignan porque un Papa recuerde una realidad geográfica que figura hasta en los libros de primaria.
Al final, el verdadero milagro catalán no será la culminación de la Sagrada Familia tras más de un siglo de obras. El auténtico prodigio consiste en que algunos consigan cambiar de principios con tanta facilidad sin sufrir un solo tirón muscular.
Y es que, como decía mi abuela, «el hábito no hace al monje»… aunque ayuda bastante cuando hay elecciones a la vista.
Salva Cerezo