Dicen que el deporte une a los pueblos. Debe de ser verdad, porque cada Mundial consigue reunir a millones de personas delante del televisor… y a unos cuantos miles delante del escaparate más cercano con intención de redecorarlo a pedradas.
La eliminación de Marruecos dejó imágenes que poco tenían que ver con el fútbol y mucho con el vandalismo. Coches incendiados, comercios destrozados y policías convertidos en árbitros de una final que nadie había programado.
Lo curioso es que los jugadores aceptaron la derrota con bastante más deportividad que algunos de sus aficionados. A veces el problema no está en perder un partido, sino en no haber aprendido nunca a perder.
Mientras tanto, la diplomacia internacional tampoco quiso quedarse fuera del campeonato de las ocurrencias. ¿Es este el ensayo de esa invasión silenciosa que tanto se teme?
En la cumbre de la OTAN, Turquía decidió agasajar a los asistentes con un detalle de esos que no caben precisamente en una estantería de porcelanas: una pistola con munición incluida. Hay quien regala una corbata, una botella de vino o un bolígrafo de lujo. Los turcos pensaron que eso estaba muy visto y optaron por el clásico «por si acaso».
La escena resulta casi poética. Los líderes occidentales hablan durante horas de paz, estabilidad y desarme mientras regresan a casa con un arma bajo el brazo. Es como asistir a un congreso de vegetarianos donde el obsequio de despedida sea una parrilla con un chuletón.
Vivimos tiempos extraordinarios. Las guerras se condenan en los discursos mientras las industrias armamentísticas baten récords de beneficios. Se organizan cumbres por la paz rodeadas de ejércitos, y se habla de convivencia mientras algunos convierten cualquier derrota futbolística en una versión urbana de la batalla de Lepanto.
Quizá el problema sea que hemos confundido la pasión con la impunidad y la identidad con la excusa. El fútbol debería servir para celebrar goles, no para justificar destrozos. Y la política internacional debería regalar confianza, no catálogos de armamento.
Al final, el balón sigue siendo redondo y la Tierra también. Lo que parece haberse torcido definitivamente es el sentido común.
Porque cuando una derrota deportiva termina con escaparates rotos y una alianza militar intercambia pistolas como recuerdo de viaje, uno empieza a sospechar que la civilización necesita pasar urgentemente por el taller.
Y no precisamente para cambiar el aceite, sino para revisar los frenos.
Salva Cerezo