Cuando las llamas no distinguen banderas
Pompeyo Trogo escribió hace más de dos mil años: «Los hispanos son muy valientes, pero con un gran defecto: si no tienen un enemigo en común, ocupan su tiempo en pelearse entre ellos».
Hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque fueron escritas para la eternidad. Ésta es una de ellas. Duele reconocerlo, pero quizá nunca había estado tan vigente como hoy.
Hace apenas unos días éramos millones los españoles abrazándonos por una victoria deportiva. Durante noventa minutos desaparecieron nuestras diferencias políticas, territoriales e ideológicas. No había izquierdas ni derechas, ni norte ni sur. Sólo había una palabra: España.
Sin embargo, han bastado unos pocos días para volver a ser nosotros mismos.
España arde por los cuatro costados y hemos regresado a nuestra vieja costumbre de buscar culpables antes que soluciones. El fuego no había alcanzado todavía algunos pueblos cuando nuestros políticos ya habían comenzado a lanzarse las primeras brasas desde sus respectivos atriles.
Es culpa del Gobierno. Es culpa de las comunidades autónomas. Es culpa del cambio climático. Es culpa de la falta de medios. Es culpa del que llegó tarde o del que llegó demasiado pronto.
Siempre es culpa del otro.
Mientras tanto, los únicos que no preguntan de quién es la competencia son los bomberos forestales, los pilotos, los miembros de las brigadas de emergencia y los vecinos que abandonan sus hogares con el corazón encogido y una maleta improvisada entre las manos.
Ellos sí han entendido algo que nosotros parecemos haber olvidado: el fuego no pregunta a quién votas antes de entrar en tu casa.
Las llamas no distinguen banderas ni ideologías. Arden con la misma intensidad un árbol de Galicia que uno de Valencia, una montaña de Castilla y León que un bosque de Cataluña. La ceniza tiene la hermosa virtud de ser del mismo color para todos.
Quizá por eso me resulta tan triste contemplar cómo somos capaces de unirnos alrededor de un balón y tan incapaces de hacerlo alrededor de una tragedia.
Tal vez Pompeyo Trogo se equivocó en una cosa. Los hispanos sí somos capaces de unirnos cuando tenemos un enemigo común. Lo demostramos cada vez que una desgracia golpea nuestras puertas. El problema es que quienes deberían dar ejemplo parecen empeñados en recordarnos que las diferencias también pueden ser inflamables.
Los ciudadanos solemos llegar mucho antes que nuestros dirigentes. Ahí estuvieron los voluntarios durante la DANA, ahí están siempre nuestros servicios de emergencia y ahí estará mañana cualquier español dispuesto a tender la mano a quien lo necesite sin preguntar de dónde viene ni a quién vota.
Quizá España sea mucho mejor que quienes tienen la responsabilidad de gobernarla.
Los incendios seguirán llegando cada verano si no somos capaces de apostar definitivamente por la prevención, la inversión y la coordinación entre administraciones. Pero hay otro incendio mucho más peligroso que también deberíamos apagar, el de nuestra permanente división.
Porque un bosque tarda décadas en volver a crecer, pero la convivencia puede tardar generaciones en recuperarse.
Pompeyo Trogo nos dejó una advertencia hace dos mil años. Nosotros seguimos empeñados en convertirla en una costumbre.
Y mientras discutimos quién sostiene la manguera, España continúa ardiendo.
Por los cuatro costados el día de su patrón. Felicidades a los Santiagos y Pablos.

Salva Cerezo

Categorizado en:

Humanidad,

Última Actualización: 25/07/2026

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