Hay expresiones populares que, por mucho que pase el tiempo, siguen teniendo una precisión quirúrgica. “Mear fuera del tiesto” es una de ellas.
En la mayoría de España, el tiesto es ese recipiente de barro donde uno pone una planta y espera pacientemente que crezca. En Castilla, sin embargo, también se utilizaba para algo bastante menos poético: hacer las necesidades.
De ahí que mearse fuera del tiesto acabara convirtiéndose en sinónimo de salirse de tono, hacer un despropósito, pedir lo imposible o, sencillamente, hacer algo que nadie había pedido.
Y, curiosamente, tenía sus ventajas, si uno se equivocaba de dirección, como mucho había que limpiar el suelo.
El problema es que en política mear fuera del tiesto sale bastante más caro.
Estamos en agosto. Ceuta vive momentos delicados, los incendios siguen poniendo a prueba nuestros medios, millones de españoles hacen malabarismos para llegar a fin de mes y el país tiene asuntos pendientes que no parecen precisamente de vacaciones.
Pero hay quien ha decidido que, entre tanta preocupación, lo verdaderamente imprescindible es contemplar un eclipse.
Y no cualquier eclipse.
Uno que durará aproximadamente un minuto y cuarenta segundos.
Millones de ciudadanos estarán dispuestos a desplazarse y pagar lo que sea necesario para contemplarlo. Perfecto. Es su dinero, su capricho y su retina. Cada cual es libre de gastarse los ahorros como considere oportuno.
Unos coleccionan relojes, otros viajan al fin del mundo para ver cómo la Luna tapa al Sol durante unos instantes y otros se gastan una fortuna en una cena que dura menos que el eclipse.
Hasta ahí, nada que objetar.
El problema aparece cuando el capricho deja de pagarse con el bolsillo propio y empieza a pagarse con el de todos.
Porque nuestro presidente, que ya disfruta de unas vacaciones considerablemente más largas que las de la inmensa mayoría de los españoles, ha decidido desplazarse desde La Mareta hasta Guadalajara para contemplar el fenómeno astronómico.
Unos 5.400 kilómetros de nada, entre ida y vuelta, con el correspondiente dispositivo, desplazamiento y séquito presidencial.
Todo para que la Luna se interponga entre el Sol y nosotros durante un minuto y cuarenta segundos.
Hay que reconocer que es una forma bastante original de administrar los recursos públicos.
Mientras unos cuentan los kilómetros para ahorrar combustible, otros cuentan los segundos que dura el eclipse.
Mientras unos hacen cuentas para llegar a fin de mes, otros hacen cuentas para llegar a Guadalajara.
Y mientras muchos españoles se preguntan cómo afrontar la cuesta de septiembre, nuestro Gobierno parece más preocupado por no perderse la cuesta de sombra que proyectará la Luna.
Eso sí… todo muy institucional.
Porque cuando un ciudadano decide gastarse una fortuna para ver un eclipse, se llama afición.
Cuando lo hace un gobernante con recursos públicos, alguien debería preguntarle si la astronomía también está incluida entre las competencias del Estado.
Aunque, bien pensado, quizá sí.
Después de todo, nuestros políticos llevan años intentando conseguir algo mucho más difícil que un eclipse: que desaparezcan durante unos minutos los problemas de los españoles.
Y algunos lo consiguen estupendamente.
Se meten en La Mareta, cierran la puerta y… ¡eclipse total!
Lo verdaderamente curioso es que, mientras el ciudadano que paga la factura contempla el cielo, quienes deberían estar pendientes de la tierra parecen empeñados en mirar hacia arriba.
Ceuta, incendios, economía, vivienda, empleo, servicios públicos…
Pero nada de eso puede competir con semejante acontecimiento cósmico.
Y es que hay que reconocer que la política española ha alcanzado una dimensión astronómica.
Tenemos agujeros negros presupuestarios, planetas políticos que orbitan alrededor del poder, satélites parlamentarios, estrellas mediáticas y algún que otro político que vive directamente en otra galaxia.
Lo que no sabemos es si, después de tantos años, han aprendido por fin dónde está el tiesto.
Porque una cosa es salirse de la discusión.
Otra, querer más de lo que se puede conseguir.
Y otra muy distinta es mearse fuera del tiesto y pretender que los demás paguemos la limpieza.
Quizá por eso aquella mujer cabreada tenía razón cuando sentenció:
“¡Si son incapaces de no mearse fuera, ¿te van a traer la Luna?”
Pues eso…
La Luna, seguramente no.
Pero la factura del viaje, ya veremos quién la paga.
Y mientras tanto, millones de españoles seguiremos aquí abajo, en la Tierra, procurando que no se nos escape el sueldo antes de que llegue a final de mes.
Porque algunos pueden permitirse mirar al cielo.
Los demás tenemos que seguir mirando el tiesto.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 12/08/2026

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