Hay expresiones populares que parecen inventadas para describir a nuestra clase política. «Quedar tan campante» define a quien atraviesa una tormenta de escándalos sin despeinarse, como si la cosa no fuera con él.
El origen evoca a quien salía ileso de la batalla y seguía caminando tranquilamente, ajeno al peligro. Hoy algunos políticos no necesitan armadura, les basta con una buena dosis de desvergüenza y un argumentario preparado.
Donald Trump vuelve a quedarse sin su ansiado Nobel de la Paz. Otro disgusto para quien parece considerar que el reconocimiento internacional también debería obedecer a sus deseos. Paciencia, presidente, que la paz no se consigue por decreto ni los premios se conceden por insistencia.
Pero no hace falta cruzar el Atlántico para encontrar ejemplos de políticos que se quedan tan campantes. En Valencia, la celebración del 9 d’Octubre se ha visto condicionada por la ocupación de la plaza del Ayuntamiento, un espacio emblemático para la ciudad y sus tradicionales mascletás.
Y surge una pregunta legítima: ¿dónde termina el derecho a manifestarse y dónde comienza el derecho de los demás a disfrutar de los espacios públicos? La respuesta no debería depender del color político de quienes ocupan la plaza ni de quién se encuentre al frente de la Delegación del Gobierno.
La ley ha de ser la misma para todos, incluso cuando su cumplimiento resulte incómodo. Igualmente para Ceuta.
Mientras tanto, crece la inquietud ante la concentración de poder político, económico e institucional. Cuando un Gobierno administra ingentes recursos públicos, (760.000 millones de €), influye en organismos decisivos y cuenta con una extensa red de empresas estatales, la vigilancia democrática no es una molestia, es una necesidad. Y cuando se cuestiona la independencia de las instituciones encargadas de poner límites al poder, la preocupación deja de ser partidista para convertirse en una cuestión de salud democrática.
Porque la pregunta es tan sencilla como inquietante: ¿quién protege al ciudadano si quienes deben controlar al poder parecen demasiado próximos a él? La Constitución, desde luego. Pero una Constitución no es un amuleto que funcione por arte de magia.
Necesita jueces independientes, instituciones que cumplan su función, periodistas de investigación y ciudadanos dispuestos a defender sus derechos. Si los contrapesos fallan, no basta con invocar la ley mientras se convierte su espíritu en papel mojado.
Y aquí está el verdadero peligro, que nos acostumbremos. Que cada escándalo dure lo que tarda en aparecer el siguiente; que cada explicación sustituya a la responsabilidad y que cada fracaso se presente como una nueva victoria. Al final, el ciudadano termina agotado y el político, tan campante. Una combinación perfecta para quien pretende gobernar sin dar demasiadas explicaciones.
Chavela Vargas dejó una reflexión que merece ser recordada: «No hay nadie que aguante la libertad ajena». Quizá por eso algunos confunden gobernar con controlar, discrepar con deslealtad y exigir responsabilidades con conspirar contra ellos. La libertad ajena siempre resulta maravillosa… hasta que alguien la utiliza para llevarte la contraria.
Yo prefiero pagar el precio de la libertad antes que disfrutar de la comodidad de la sumisión. Porque la soledad de quien piensa por sí mismo siempre será más digna que la compañía de quienes aplauden por conveniencia.
Y, mientras unos se quedan tan campantes, convendría recordarles algo, la democracia no consiste en que los poderosos puedan hacer lo que quieran, sino en que nadie esté por encima de la ley.
Aunque, viendo algunos comportamientos, más de uno debería cambiar el despacho por una cementera, porque tienen tanta cara dura que podría levantar un rascacielos sin gastar un saco de cemento.
Salva Cerezo